Shot

Al mirar su cara reflejada en el espejo revisó los detalles: las facciones de siempre, la textura de la piel, los poros, las manchas, los lunares, los recovecos, los pelos, las marcas del tiempo. Pensó para sus adentros que de algún modo, hasta ése momento, lo venía logrando, no se había traicionado, no se había convertido en eso que no había querido convertirse. Pero inmediatamente vislumbró otro acertijo que había permanecido solapado desde siempre: ¿qué significa no traicionarse? Si la vida es mutación constante, ¿dónde se ubica el anclaje que determina el grado de auto traición? Cambiar algunos modos de hacer y pensar las cosas ¿podrían implicar el no traicionarse? Quizás sí, ya que no se trataría de permanecer inmóvil. No obstante, a pesar de la firme decisión de evitar la traición, se podría recaer en ella misma. El espejo devolvió una imagen paradójica.

Luego, la mirada observó la propia mirada, o su vestimenta: iris y pupilas, colores vivientes reaccionando al reflejo de la luz. En cada destello apareció un beso diferente, explotó un caleidoscopio de besos y las diferentes intensidades de cada uno de ellos. Todas las historias escondidas debajo de cada acontecimiento emergieron a la vez, exponiendo así la genealogía constituyente de la persona que acumulaba una batalla de yoes en disputa por la identidad unitaria. De eso se trataría, de la unidad en la multiplicidad, así con cada cuerpo viviente. Mientras tanto, flotaba la banda sonora de su vida, las músicas que nunca se detuvieron ni lo harían hasta el final. Cada secuencia de notas y acordes traían al presente diferentes momentos, etapas o aventuras, como sucede con los olores.

Toda esta información y mucha más, componía un cuerpo danzante sobre la tierra y a través del reloj, el cual se lanzaba a las calles cada día. Muchos datos, muchos números de teléfonos, de colectivos, de boletos, de documentos, de vuelos, de matrículas, de códigos, de códigos binarios… Por momentos pareciera que el siglo XXI no significara más que computadoras e información, el resto podría no suceder, lo que interesa son los datos. Los datos logran codificar cada ápice de lo que somos, incluso manejarían los niveles de contradicción esperable, de traición a nuestros propios valores y voluntades: “¿seré tan predecible que algún algoritmo es capaz de determinar quién seré mañana?”. Ya no sólo se trataba de la traición a sí mismo en su cabeza, ¿que tal si las traiciones o las actitudes loables estuvieran predeterminadas por una tendencia?

De pronto, se topó con una poda de árbol y se lanzó un diálogo interno:

– ¡No corten el árbol!

– Pero es necesario para que crezca sano.

– ¿Es, acaso, una metáfora?

– Siempre estamos buscando metáforas en la naturaleza. A veces funcionan, a veces son figuras que nos ayudan a entender las cosas, a veces devienen en genocidios.

En ese momento llegó el colectivo. Una vez en el asiento se acomodó y se dedicó a mirar por la ventana. La magia de no saber con qué detalle novedoso se toparía cada vez se presentaba nuevamente. Cerró los ojos un momento, buscó un poco de paz. Por la ventana se veía la orilla del mar, el colectivo avanzaba junto a las surfistas entre las olas de espuma blanca, sobre la arena gruesa, frente a las nubes grises de un amanecer misterioso, nostálgico y erotizante. El colectivo, esa colección de personas en movimiento que parecían entablar diálogos cruzados comentando una festividad que nunca se había extinguido, era salpicado por el agua salada, helada.

Al final, nada más. Dos o tres pasos, algunos pensamientos sueltos y listo. Un disparo que llegó desde atrás y atravesó la cabeza por la nuca. Las reflexiones, los sueños, las construcciones, las conceptualizaciones, los delirios, los valores: no existe más nada, se extinguieron junto con la vida. Lo múltiple se manifiesta en ese carácter de lo único y lo particular, la potencia vital que puede mover montañas abandona la condición del ser. Lo que no es, ¿nunca existió?

Guerreros

Bajan de la montaña, a través del río, hacia el mar. Llegan envueltos en una nube polvorienta, arremolinada, rodeados de los vestigios de la catástrofe incendiaria, con cenizas en sus zapatos. Todo se quemó, es un incendio que nunca se logra apagar, ni con la fuerza de los titanes. Pero eso no importa, siguen caminando hacia la próxima misión, porque siempre hay una misión por cumplir y senderos que atravesar. Sorteando desafíos, misterios y personajes, los guerreros del polvo avanzan hacia algún lugar o hacia ninguno, pero no se detienen. Son arrastrados por la convicción en la eterna disputa vital: siempre serán los buenos, no importa lo que suceda, no pueden quebrarse porque llevan el fuego adentro. El mismo que todo lo destruye se resignifica en los pechos y se convierte en un irrefrenable impulso existencial.

Han habido misiones de todo tipo, pero aquella misión que engloba a las demás es la de vivir sin claudicar, avanzar a través del terreno hostil sin olvidar la necesidad de evaluar constantemente los modos de encarar el camino. La palabra es fundamental en este universo que se desarrolla entre las grietas y se vuelca a la feroz arena de la cotidianidad de modo intermitente. La palabra se vuelve herramienta elemental porque es compartida y señala la lógica guerrera, la lógica comunitaria, abierta a recibir nuevos compañeros y a dejarlos partir hacia la exploración de otros territorios -”¿por qué no?”-. La palabra despliega la flexibilidad necesaria para la autocrítica y la revisión de los senderos elegidos hasta el momento así como de las batallas libradas. La palabra debe construir el sentido de lo que ha sucedido y de lo que ha de suceder.

De pronto, cuando menos lo esperan, aparecen los enemigos. A veces se camuflan, a veces se infiltran en las filas y en otras ocasiones sólo forman parte del camino. Cuando los enemigos son sólo molestias adyacentes, se las sortea lo mejor que se puede para no perder el ritmo, pero cuando se erigen en obstáculo se los combate con decisión. Increíblemente, en medio de la devastación hay seres que se ocupan de rociar lo poco que queda con combustible, sólo para verlo arder, quizás para que nadie más sobreviva o, tal vez, por morbo y perversión. A los enemigos les encanta observar el dolor ajeno directo a los ojos. Se relamen, o consideran que son amos y señores, entonces les resulta necesario subyugar todo lo que se ponga por delante, por detrás, por los flancos y hasta lo que no se ve. Algunos, los más poderosos, logran dominar grupos de ingenuos amoldados por sus subterfugios, los enemigos no dudan en sacrificar esas primeras filas. También son seguidos de aprendices que pretenden tomar sus lugares. Hay otros enemigos solitarios. No obstante, todos tienen en común el hecho de vivir en la sequedad de los territorios quemados, rodeados por lagos de petróleo, fango venenoso y anquilosadas edificaciones cancerosas. En comparación, los guerreros del polvo son una gota de agua en un océano, pero tienen la potencia del tsunami, listos para romper cualquier estructura con apariencia de eternidad.

“¿Quienes somos?, ¿hacia adónde vamos?, ¿quienes queremos ser?, ¿qué queremos hacer?, ¿por qué?, ¿cómo?”. Son preguntas que se repiten sistemáticamente, casi a modo de ritual pagano, maldito. Los guerreros del polvo se constituyen en la batalla, nunca hay respiro. Los parámetros se definen y se repiensan en cada misión, son supervivientes en medio del apocalipsis. Deben endurecerse y ablandarse, ser firmes y saber dudar, así como nutrirse de aquello con lo que se van topando: “a donde fueres, haz lo que vieres”.

¿Cuál será la misión del día siguiente? ¿Cuál será la misión en el porvenir? Lo fundamental será caminar en conjunto y saber escucharse.

Tornasol

Al quedar parado en un pasillo vi el umbral de una puerta interna que comunicaba con un cuarto. Justo en ese umbral, provenía una claridad diurna desde la habitación, a las espaldas de la figura humana que quería comunicarse conmigo. Efectivamente, no podía evitar ver más allá de esa silueta. De pronto me di cuenta que por detrás, entre el brazo y el torso de la persona al frente de la puerta, se asomaba una cabeza, iluminada, en el interior de la habitación, desde una cama. Me escabullí sin prestar atención a lo que me decían, me acerqué y tomé la cabeza en mis manos. En ese momento, al intentar descifrar el rostro quedé atónito. No se trataba de un rostro ordinario, ni siquiera podría decirse que se trataba de un rostro, sino que era un crisol de rostros, una especie de rostro tornasolado que contenía muchos rostros simultaneamente. Las caras se sucedían una tras otra, a veces algunos rasgos, a veces todos juntos mezclados con diferentes colores. Mi concepción de las cosas se distorsionaba, más allá de la imposibilidad de concebir una cosa como tal, no me sobresalté, sino que quedé levemente hipnotizado.

Sumergido en la desconfiguración, comencé a percibir el modo en que mi entorno comenzaba a mutar. Fue una especie de efecto dominó. Empezó en algún lado, no sé donde, y avanzó sobre las paredes, sobre el ambiente. Los colores se transformaban, como si los muros estuvieran escamados y comenzaran a brillar de modo diferente en la medida en que fueran alcanzados por rayos lumínicos en movimiento. Me di cuenta que afuera del cuarto, las siluetas, eran amigos a los cuales intenté contarles con exclamaciones lo que me estaba sucediendo, sin embargo, ellos no vieron el rostro de los mil rostros, ni los muros de los mil colores, ni el ambiente de otra dimensión. Por el contrario, ellos me vieron adormecido en la cama vacía, balbuceando sonidos aletargados, incomprensibles en el territorio de la vigilia.

Mientras tanto, asumiendo la imposibilidad de comunicación, lejos quedé del pánico. El mundo onírico puede ser acogedor, con sus rarezas, incluso cuando ni siquiera es seguro que se trate de un sueño, o de un sueño dentro de otro. El rostro y su entorno me estaban transmitiendo algo y era tan placentero como un shot de algún tranquilizante médico o un opiáceo. Mi cuerpo se sentía tan a gusto como si hubiera vuelto a la seguridad del útero materno. Las luces y los colores tenían la temperatura de esos soles del atardecer, los que arruyan y adormecen. Todo a mi alrededor parecía decirme que las cosas nunca se mantienen igual, que la rueda gira sin parar, que el tiempo corre hacia adelante, atrás, arriba o abajo, según las teorías de Einstein o de quien sea, que la existencia se compone del movimiento eterno, con lo cual nada permanecería para siempre y todo se transformaría inexorablemente.

Pacíficamente recordé algo básico, todo lo que hoy es, mañana mismo puede dejar de ser. La confianza construida puede derrumbarse, las amistades pueden desgastarse, los vínculos pueden romperse, la vida puede secarse, la tierra puede inundarse, la confianza puede traicionarse, lo inimaginable puede erigirse como real, la derrota puede convertirse en victoria, lo inconveniente puede resultar muy conveniente, los imperios pueden entrar en decadencia y desmoronarse. En fin, la mutabilidad de la existencia: nada permanece estático para siempre.

Nuestra formación nos engaña haciéndonos construir una imagen de una realidad congelada, casi como si quisiéramos comprender la dinámica de una ola a través de una foto. Nuestro propio rostro muta día a día, hasta el momento de morir -incluso después de morir- sin embargo nos empecinamos en negarlo, en no aceptar que el río está compuesto por diferentes moléculas de agua cada vez que nos arrimamos a su orilla. Quizás queremos ocultar la nostalgia, la melancolía desprendida del carácter efímero de aquello que nos constituye. El aceptarlo sería fundamental para una comprensión más ajustada de lo que gira en torno nuestro. Pero el olvido se filtra en cada intersticio de comprensión respecto a todo lo que concebimos.

Miré las paredes, los momentos de mi vida se proyectaron, sentí la certeza de que nunca supe nada. ¿Cómo podría saber algo? ¿Podría saber algo sobre el saber algo? No importó, sólo importó la pena, el dolor, el ser arrancado del útero, el ser arrastrado a la vigilia, donde los martillazos que parecían representar sólo una percusión tribal introspectiva se convertirían en los machaques cotidianos de la vida. No importó. No importó nunca, porque esos machaques son lo que hay, son eso que pretendo reconvertir en el metrónomo que me marque el ritmo.

Comunicación

Estamos acostumbrados a tomar en consideración, principalmente, los relatos provenientes de usinas monolíticas instaladas en el imaginario general y, aún sin quererlo, terminamos por minimizar otra clase de canales emisores, otras formas de intercambiar información. Otra vez. Nos confundimos cuando, sin siquiera pensarlo, creemos que una serie de datos es trascendente por surgir desde el seno de un medio generador de informaciones, enquistado en un entramado constructor de relatos para ser impuestos. Por supuesto, la masividad de estos canales, hace que la mera aparición de un dato, una historia, una noticia o lo que sea, se vuelva algo para considerar, pues su alcance es superior a todo el resto y, aunque no sea por calidad, pertinencia o veracidad, a través de la mera estadística y la repetición, logra reproducirse en las bocas de todas las personas. Mecanismo clásico.

Ahora, ¿qué pasa en lo micro?, ¿qué sucede con los relatos y la información del mano a mano? Esta serie de intercambios, además de que su llegada es ínfima en comparación con las emisiones masivas, suele ver reducida su capacidad de influencia. En estos casos sí se pone en tela de juicio la calidad de la información, la pertinencia o la precisión -algo necesario, pero que debiera funcionar no sólo para este tipo de canales “menores”-. Al parecer convivimos con una ilusión sin poder deshacernos de ella: la capacidad de alcance sería el equivalente al nivel de veracidad y de trascendencia.

Pasando a lo concreto. Hace poco, cuando le comenté a uno de mis amigos que le iba a pedir prestada una caladora a otro amigo en común, me dijo que había que ver si tenía la sierra correspondiente para el trabajo que yo quería realizar, porque hacía poco la había prestado y se la habían devuelto sin dicha sierra. Cuando fui a su casa, efectivamente, faltaba y había que conseguirla. De algún modo misterioso e intrincado, este episodio me hizo revisar lo mencionado anteriormente. La forma en que mis amigos establecieron un relato de un hecho mínimo, intercambiaron una información que para mí -que no suelo tener mucho interés en herramientas mecánicas- hubiera sido muy difícil conservar, y cómo le dieron una importancia de peso a ese dato, me dejó pensando. ¿Cómo pueden haber conversado de esto y cómo pueden acordarse?, esa pregunta me martillaba la cabeza y saltaban pedazos en forma de otros pensamientos imprecisos: “¿sabrían que esa información serviría en otro momento?”; “evidentemente, así sucedía con mi abuelo en su pueblo natal o en el antiguo barrio Libertad, cuando el contacto con los vecinos y conocidos era un mecanismo primordial para construir la información sobre lo que importaba”; “¿qué tan determinante puede ser prestarle atención y darle entidad a los datos surgidos de nuestras propias prácticas cotidianas?”; o “¡cómo nos engañan constantemente haciéndonos hablar de cosas intrascendentes!”.

Toda esta ensalada me llevó a pensar en el valor de lo múltiple en contra de lo singular, lo uno -lo monolítico, lo fijo e inamovible- y en el modo en que, a pesar de tratarse de algo que Nietzsche y tantos otros se cansaron de repetir, continúa siendo difícil que podamos pensar bajo otra clave. Los relatos, las interpretaciones o los valores fijados, ya establecidos, y los modos en que se nos presentan -medio de comunicación, disciplinas, instituciones o lo que fuere- no tienen un valor más alto en sí mismos, sólo valen más porque fueron impuestos, a través de voluntades poderosas. Mientras tanto, la riqueza de la multiplicidad, ese entramado complejo e invisibilizado que compone todo lo que es aplastado por el monolito del relato único, queda olvidada. Es decir, nos resultan más importantes los datos inútiles impuestos desde emisores lejanos a nuestra cotidianidad que la información construida a nuestro alrededor. Impresionante: sin quererlo, nos volvemos cómplices de aquello que genera nuestra propia desventaja.

¿Por qué lo múltiple y dinámico sería más auténtico que lo fijo? Pareciera increíble cómo la ilusión nos esconde lo evidente. Lo múltiple responde de modo mucho más ajustado a lo que conocemos del universo y de nuestras vidas. Pareciera un cliché mencionar que cada persona es un mundo particular o que cada grupo humano se nutre de sus individualidades para lograr una dinámica y un lenguaje particulares, de los cuales surgen diferentes relatos y varas para medir los hechos, entre otras cosas más. Sin embargo es necesario dimensionarlo ya que se suele caer en una de las tantas ilusiones compuestas por dos caras, las que en el fondo son la misma moneda. Por un lado, el creer que aquello surgido desde uno mismo o desde el propio grupo es la regla para el resto del mundo, sin siquiera reflexionar sobre el hecho de que esas reglas pueden no funcionar para todos los casos o que pueden mutar según la ocasión, reniega de lo múltiple y pretende imponer lo uno, lo estático. Por el otro lado, pretender que el relato único abarque las particularidades de todos los casos, los avatares y las mutaciones, significa licuar todo eso y prensarlo bajo el formato monolítico de lo que es y lo que debe ser. Por eso resulta fundamental darle valor a lo múltiple, que también va de la mano con lo dinámico. Se trata de comprender que hay diferentes perspectivas y herramientas a la hora de abordar el mundo y las problemáticas que se manifiestan como nuestras propias existencias, las cuales van cambiando constantemente. De todos modos, es necesaria una aclaración fundamental para no caer en errores peligrosos: aceptar lo múltiple y lo dinámico no significa aceptar un vale todo, ya que esto significaría desvirtuar la potencia de estos factores; que haya multiplicidad no significa la infinitud o la actitud acrítica. Es un equilibrio que debe construirse continuamente, justamente, un equilibrio dinámico, pues las interpretaciones del mundo deben ser puestas a prueba ante los hechos y ante el resto de las personas.

Entonces, así como lo múltiple parece ajustarse más a nuestro modo de vivir en el mundo, lo dinámico responde a los mismos parámetros. Todo es dinámico, nada permanece para siempre, todo se transforma, todos los imperios se derrumban, todos los soles se apagan, las placas tectónicas hunden territorios y dan lugar a otros nuevos. Todo mutará, dejará de ser, se destruirá, inclusive esas usinas de apariencia divina que nos vomitan el modo en el que son las cosas y cómo debemos comprenderlas sin siquiera decidir si queremos comprenderlas de esa manera. Inclusive esas imposiciones de relatos que consideramos intocables, en algún momento se desmoronarán como un castillo de arena ante la inminente llegada del mar, no importa el tiempo que pueda haber llevado el construirlo y mantenerlo, un simple plumazo vuelve todo a foja cero, incluso las cosas negativas y poderosas.

Así, creo que nada implica una única estructura posible, ni siquiera aquello de lo que no dudamos, como, por ejemplo, el modo de relacionarnos, el modo en que construimos nuestra cotidianidad, nuestros vínculos, el modo en que manejamos la información, los datos, el conocimiento de nuestro medio. Cuando aparecen dificultades, quizás el problema no seamos nosotros, sino la estructura en la que nos obligamos a caber por no concebir que podemos caber en algo a nuestra propia medida. El miedo que implica no reproducir lo esperable, lo desconocido, asumir la incertidumbre del porvenir, paraliza. Sin embargo, podemos establecer parámetros que sean coherentes entre sí y con nuestra propia realidad. Justamente, así como la conversación y el intercambio con las personas de nuestros diferentes entornos, los fanzines, los panfletos, los blogs, los medios alternativos, el arte plástico, la música, todo lo que se conoció en un momento como under, sus hechos y relatos, dan cuenta de la riqueza de lo múltiple, de lo dinámico, de la ruptura con lo estático, de la oposición al relato único, impuesto como algo ya masticado. Estas experiencias alimentan la construcción de un entramado comunicacional más complejo, con diferentes objetivos y valoraciones, donde el relato único queda subsumido, donde se valora la micro acción, donde se sabe que tal vez mañana esa misma información ya no tendrá la misma utilidad o la misma potencia. Quizás, la próxima oportunidad en que un amigo nos dé un dato, no lo dejemos ir así como así.

Tiempo III

El tiempo que pasó no volverá por más que se intenten recrear condiciones similares. Siempre será un nuevo tiempo, pues lo mutable no se detiene. La existencia es dinámica. El universo no es estático, mucho menos el desarrollo de lo vital en alguno de sus planetas. Aquello que parecía tan rígido, inamovible e implacable, en algún momento se resquebrajó y no volvió a ser lo mismo, desapareció o se transformó para continuar prosperando de otro modo.

Nuestro cuerpo se oxida, se desarrolla a la vez que se degrada. Nuestros músculos se fortalecen, imaginamos nuevos mundos, nuevas ideas, nuestros músculos se debilitan, repetimos las mismas cosas pero ya no funcionan, son necesarias nuevas herramientas, nuevas reflexiones, la agilidad varía en los diferentes momentos de la vida, los colores de las plantas nunca permanecen idénticos, algunos amigos pasan a ser enemigos, algunos enemigos dejan de serlo, mueren o recrudecen la enemistad, la ola que nos lleva ya no está compuesta por la misma agua de hace un rato. La mutabilidad resulta inexorable. Hasta la misteriosa esfinge caerá un día.

Esas nostalgias que traen imágenes de diferentes momentos que se sucedieron, son el retiro de una existencia que se extinguirá y dará paso a nuevas formas de vida. El asunto podría radicar en no dejarse arrastrar por todo lo que fue, sino tomar por las riendas el porvenir e intentar intervenir de modo que se pueda proyectar lo que queremos que sea. Si nos equivocamos, se extinguirá de todos modos. Si salen cosas buenas, quizás muten en formas inimaginadas y permanezcan incluso por más tiempo que nosotros mismos.

Retazos

De pronto, en medio de un juego astronómico, los movimientos de su humanidad se volvieron extraños, casi como si su propio cuerpo rechazara la voluntad que suele impulsar a la combinación del accionar muscular. Intentando mantener la serenidad, una serie de ínfimos espasmos trazaba la irregularidad y construía la intermitencia de sus extremidades a través del espacio circundante. Ciertamente, el tiempo tampoco era algo tan claro. La sensación interna a través de la cual los humanos solemos percibir la velocidad en que se desarrolla la vida, estaba alterada.

Sus pensamientos eran diversos. Por momentos aparecía la evaluación de las distintas partes del organismo. La exploración de las sensaciones, del dolor, de golpes difuminados a través de los días, del peso de mantener la mirada fija, la necesidad de continuar en movimiento pero súbitamente apagar la maquinaria para ingresar en un período de letargo. La extensión de dicho período dependería principalmente del destino de la aventura cerebral. En base a las conclusiones momentáneas sobre un punto u otro, el accionar se vería modificado y podría variar entre volver al movimiento, la interacción con terceros, el consumo de víveres o la contemplación de algún punto fijo mientras se produce el despliegue de las ideas.

Lo mismo sucedía con el ánimo…

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El simio observa directo a mis ojos pero desde adentro, bailando en mi cerebro, haciendo chasquear unos platillos y fumando cigarro tras cigarro. Yo no me doy cuenta con claridad, porque estoy ocupado llevando a cabo intentonas de comprender, aunque sea mínimamente, el fracaso de la raza humana como tal.

El egoísmo reinante triunfó como cicuta en nuestro organismo. Me pregunto una y otra vez si realmente nos importa. En medio del festival embriagante de miserias enmascaradas, siento que se derriten mis órganos. Siento el engaño, la inmundicia, la fragancia de la decadencia irreparable y ni siquiera me produce ira sino que me asfixia, me genera cansancio, me convence de lo inexorable.

A pesar de que no abandono la convicción respecto al valor de intentar construir una moralidad comunitaria, humanista y justa, voy asumiendo el carácter quijotesco de estas actitudes vitales. Parece una lucha contra el océano, tener que explicar al aplastado por qué está mal aplastar, es mantener el piso muy abajo. Llegado este punto, la sensación reinante es la de vivir en una especie de loquero caníbal, donde no hay más que hordas de seres despreciables dispuestos a roer las manos de sus propios congéneres…

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Suponemos que la forma en la que miramos el horizonte, un objeto fijo o nuestras propias manos, no es algo para prestarle atención. Ni siquiera es algo que aparezca en el registro de cosas que nos suceden. Pero sí. Nuestra mirada sostenida, hacia un algo que se convierte en la nada, suele entregar información misteriosa a los terceros que nos observan bajo esta actitud. Si logramos atender a la sensación devuelta por los nervios que sostienen todo el sistema de visualización -­los párpados, los ojos y los tejidos que los conforman- quizás podamos acercarnos a los datos que desperdigamos a nuestro alrededor.

Cuando la mirada queda clavada, solemos mantenernos taciturnos, lejanos, incluso nostálgicos, melancólicos. Durante este tiempo infinito, navegamos por nuestras elucubraciones, revisamos elementos, hipótesis, anhelos, deseos, decepciones o desafíos vitales. ¿Qué hay frente a nuestros ojos? Quizás un universo efímero, constituido por la mezcla única de sensaciones desprendidas del entorno, de aquello donde se posa nuestra mirada, del modo en que eso repercute en nuestro interior en ese momento específico, de las imágenes fantasmagóricas que se escapan de nuestros pensamientos y se posan enfrente nuestro teñidas por el trasfondo observado, de la impronta de los recuerdos que florecen en esos instantes y del impacto emotivo que puedan llegar a constituir aquellas ideas que se van desplegando. Todo, sólo con los ojos.

Nos erguimos, en ese lapso, como amos de la creación de nuestras propias cavilaciones, de nuestro propio collage interior en pleno intercambio con el medio, aunque no lo seamos.

Bolivia III

La buena memoria de Nelson nos condujo a través del grasoso asfalto céntrico hasta dar con un hostel en el cual él ya había estado. Era un precio razonable y buenas comodidades, entre ellas ese aparato que ya me resultaba lejano: la televisión. Tiramos las cosas y salimos desesperados a caminar, ya que las 24 horas de viaje exigían que nuestros organismos recuperaran el contacto con la tierra. Avanzamos por un parque, encontramos manifestaciones pequeñas en representación de los intereses del sector que llevaba a cabo el bloqueo en Potosí. Nos resultaba llamativo que la Iglesia formara parte visible de este grupo. Evidentemente, las manifestaciones populares estaban siendo aprovechadas por otros sectores de poder que pretendían disputar la conducción del país para provecho de sus intereses mezquinos.

Seguimos avanzando entre medio de los prolijos canteros floridos y de pronto nos vimos en medio de una zona que detentaba un poder adquisitivo mucho más alto de todo lo que veníamos viendo hasta ahora. Aparecieron grandes edificios, locales de moda y todo lo que eso posee alrededor. Por nuestra parte, encontramos un kiosco para comprar unas cervezas Taquiña –oriundas de Cochabamba–, y nos las tomamos en una rotonda con una fuente enorme rodeada de banderas, frente a un puente desde el cual mirábamos por sobre una autopista. El sabor de esos tragos fue redentor, los necesitábamos tanto como un ternero a su madre. Luego desandamos el camino y conseguimos unos choripanes callejeros: la gloria era nuestra. No contentos con eso, volvimos al caos de las calles más sucias, las de los anárquicos amontonamientos de cables eléctricos en postes y paredes, y conseguimos unas pizzetas por pocas chirolas. Finalmente nos desplomamos.

Al día siguiente pudimos lanzarnos a la calle bien temprano, iniciamos una caminata hacia el ícono de la ciudad, un Cristo gigante sobre un monte, el cual, parado allí, observa a la ciudad desde el año 1994, el mismo año en que murió Kurt Cobain. Para subir hasta los pies del grotesco mesías, lo hicimos en unos teleféricos. Fue bueno, el nivel del mar quedaba, metro a metro, más abajo. Luego, una vez arriba, pudimos divisar cómo la ciudad se escurría entre las montañas, nunca había visto una ciudad con esa particularidad geográfica. Mientras fumábamos cigarros en la sombra, ocultos del picante sol, imaginaba cómo intervendrían esas montañas en la movilidad de las personas dentro la propia ciudad y cómo eso influiría en su concepción de la espacialidad urbana. Esos detalles invisibles, que constituyen nuestro aparato interpretativo, también se manifiestan en la morfología de las urbes. ¿Cómo afectarán a las personas aquellas concepciones espaciales propias de quienes deben rodear montañas para llegar a sus destinos?

Al bajar, nuevamente en el teleférico, salimos del parque mesiánico y empezamos a caminar por el barrio lindante. Mientras avanzamos por las calles, pensábamos que se podría tratar de cualquier barrio marplatense: los garajes con autos viejos, almacenes, ferreterías, veredas con arbolitos y la gente haciendo las cosas cotidianas. Hacía calor en Cochabamba, el sol ardía, pero cuando llegamos a la zona del mercado todo se amplificó y el sol no sólo pegaba desde arriba, sino que rebotaba en el asfalto negro, cubierto de restos de frutas, grasa y mugre diversa. El mercado era un monstruo de dimensiones inabarcables por la imaginación, mutante, ruidoso y caótico. Se ramificaba por las calles de los alrededores y hacia el interior de las manzanas. Los puestos, los toldos, los canastos llenos de cualquier cosa comprable: desde paquetes con 50 rollos de papel higiénico hasta Family Games, desde montañas de tutuca hasta rodajas de ananá en una carretilla, desde pollo con arroz hasta chinchulines fritos ahí mismo –“tripitas”–, en el medio de la calle, a 30 centímetros de los colectivos que se escurrían entre la gente como un tosco transeúnte más. Cuadras y cuadras de gritos, olores y colores. Definitivamente, una de las cosas que más me impactó de Bolivia fue el mercado de Cochabamba, de hecho, en el porvenir de nuestro viaje, sería el lugar recurrente cada vez que pasáramos por la ciudad, nuestro restaurante favorito. Finalmente, compramos más de 2 kilos de fruta por unos poquísimos bolivianos –moneda local– en una esquina atestada de puestos, gente y autos tocando bocina. Luego de eso, avanzamos en medio del caos hasta encontrar un taxi compartido con otras personas que nos llevaría hacia el dique La Angostura.

Nelson fue adelante, a mi me tocó atrás, en la ventana, junto a una señora gorda cargada con muchas cosas y otro hombre que quedaba fuera de mi alcance visual. Bajé la ventanilla, el viento cálido me golpeaba la cara y al son de las músicas radiales avanzamos por la ruta, tocando bocina a la nada y acelerando entre los demás autos. En el camino dejamos al hombre y subimos a otra chica, luego avanzamos hasta llegar a nuestro destino. Bajamos sin saber a dónde íbamos realmente, sólo seguimos la indicación de que ése era un lugar agradable. El dique frenaba las aguas de un lago y del otro lado se extendía un predio con casitas pitucas y unos botecitos con forma de cisne. Cruzamos el puente formado por el dique y llegamos a una vía de tren que se extendía entre los arbustos, bordeando el lago. Todo estaba lleno de papeles y basura atrapada entre las espinas de las plantas y de los cactus, también había San Pedro visiblemente rebanado. Caminamos sobre la vía, no veíamos gente, aparecieron unos restaurantes, abiertos pero vacíos, entre el lago y la vía. Diferentes músicas salían de los interiores, en uno de ellos se escuchaba la versión original de la lambada –que es boliviana y se llama Llorando se fue–: parecía un cliché proveniente de una película de terror mala. Continuamos hasta tomar una curva y alejarnos de los negocios, tras algunos minutos, encontramos una especie de playa de unos pocos metros, al pie de los arbustos que nos proporcionarían refugio del sol.

Como no podía ser de otra manera, la playita estaba llena de basura, restos de alguna trasnoche con latas de pescado y bebidas varias. Ahí mismo nos echamos a mirar el lago. Comimos muchas bananas y mandarinas, y fumamos cigarros mientras intercambiamos largas elucubraciones existenciales. Discurrimos sobre la posibilidad de vivir en la otra orilla del lago, en el por qué Nelson había decidido vivir en Bolivia. ¿Qué esperamos del lugar dónde vivimos? Pareciera ser que eso puede decirnos mucho de nosotros mismos, son pistas que nos dejamos, como las migas de Hansel y Gretel, pero en vez de ir de un punto a otro, se trataría de un movimiento retrospectivo. Yo explicaba que no podría vivir mucho tiempo lejos de la ciudad, Nelson me contaba que a veces se sentía saturado por las relaciones humanas, sin embargo, después de un año de vivir en el campo boliviano tampoco aguantó y se mudó a Sucre. Además, en ambos lugares trabó relación con muchos y se hizo muy conocido de la gente, así que lo de la saturación parecía relativo. Es difícil escapar de nuestra tendencia a socializar, a hacer nuevos amigos para encontrar más aventuras. Yo le decía que nunca había viajado para escapar. A lo sumo, he viajado para encontrar nuevos aspectos o poner a prueba los que ya conocía de mí mismo, además de la locura y la explosión de sensaciones que implica llegar a lugares novedosos.

Ahí mismo pasamos un par de horas, así que tuvimos tiempo de inventar un juego. Como la playa no era de arena, sino de una especie de canto rodado, había infinidad de piedras. La regla era pegarle a una piedra más grande que sobresalía del agua, echados desde donde estábamos. Así estuvimos, autistas, un rato largo, tirando piedras como máquinas. Cuando pasaba alguna de las tantas gaviotas, Nelson les gritaba y trataba de atinarles con las piedras. A pesar de que me oponía a su práctica, me causaban mucha gracia esos intentos tan bruscos que, por suerte, jamás fueron efectivos. Parecía Daniel el travieso, pero morocho. Mientras tanto, seguíamos conversando sobre los misterios de las relaciones interpersonales: amistades, noviazgos, la familia o qué cosa significaban diferentes personas en nuestras vidas. Todo esto sucedía bajo el caluroso sol de las alturas, frente al agua del lago, las gaviotas, los botecitos que cruzaban de vez en cuando, el bosque que se asomaba en la otra orilla y las montañas al fondo de todo. Y continuábamos con las elucubraciones: después de tantos años, los aditivos estimulantes ya nos habían marcado el camino de cómo agudizar el disfrute de la naturaleza, ahora teníamos internalizados los mecanismos de exploración mental, la valoración de cada detalle y el modo de accionar la maquinaria sensorial. No teníamos ni siquiera alcohol, sin embargo, podíamos abrir nuestro espíritu a la naturaleza y a las profundidades de los propios flashes.

Llegó el momento de movernos. Deshicimos el camino y cuando íbamos directo hacia la ruta a esperar un transporte para volver, vimos que en los lugares fantasmas –donde antes había música– se podían alquilar botecitos a pedal. La deliberación duró pocos segundos y en cuestión de minutos estábamos en un bote-cisne que chillaba con cada pedaleada. A medida que nos adentrábamos en el lago, el sol nos pegaba directo en la cara, encegueciéndonos. La perspectiva, casi al nivel del agua, era mágica, las montañas se movían mientras íbamos de un lado a otro y los chispazos de la luz de tarde brillaban en los movimientos del lago. La dirección de nuestro artefacto era un poco defectuosa, así que, cuando nos enfrentamos a un bote a motor que se nos venía encima, tuvimos que hacer alguna maniobra más alocada.

Finalmente, baño de chivo mediante, nos bajamos de la añeja maquinaria y enfilamos hacia la ruta. El sistema era simple y claro: hacerle señas a cualquier colectivo que pasara, en un lugar no determinado específicamente, pegado al carril que corría hacia la ciudad, con la montaña a nuestras espaldas y el sol de frente. Efectivamente, la seguridad vial no es un tema de Estado en Bolivia y el sistema de transporte es difícil que alcance el estatus de sistema, pues se compone por las decisiones de los dueños de los vehículos –normalmente, quienes manejan–. Todo esto promueve la flexibilidad y la capacidad de adaptación a situaciones randomizadas. Para nosotros no implicaba ningún inconveniente, inclusive, nos movíamos bastante bien bajo esas condiciones. Así llegó el colectivo, un coche viejo, como si fuera un camioncito enano, comprimido. Adentro estaba repleto, teníamos que ir medio agachados porque era muy bajo y las cholas ancianas nos miraban con desconfianza. Por suerte tenía los vidrios polarizados, de lo contrario se hubiera convertido en un horno letal. Viajamos con cumbia a todo lo que daba y algunas ventanas abiertas por las que entraba el aire fresco: idílico.

Al llegar, el colectivero nos dejó en algún lugar del mercado. El ritmo era un poco más tranquilo, pero sólo un poco. De vuelta en el estómago del monstruo, conseguimos un lugar para sentarnos a comer: un garage, en medio del caos, donde nos sirvieron un churrasco con arroz, papas y picante por unas monedas. De ahí, caminamos mirando baratijas y el extraño asombro de la gente que se agrupaba frente a televisores, colocados en la vereda. Ahí pasaban esas peleas medio guionadas, del estilo de Titanes en el Ring pero 2.0, exportadas por los yankis y con alguna pretensión de veracidad. La otra opción, en los puestos de DVD´s, eran las novelas coreanas. Las cosas jamás dejaban de evocar lo surreal.

Finalmente, encontramos un puesto donde conseguimos coca fresca. Ya no más la coca seca del sur, ahora estábamos en una de las zonas productoras. Cochabamba está pegada a la selva de yungas, El Chapare. Según se sabe, es la zona de las grandes cocinas de cocaína, pues el clima favorece a la producción de las plantas. La hoja de coca de esta zona, a diferencia de la que proviene del norte de La Paz, es más grande y amarga.

Cuando llegamos al hostel, Nelson se vistió de Heisenberg del altiplano y preparó la coca como le enseñaron en el campo: bicarbonato, estevia, cafiaspirinas, un chorrito de coca cola y a macharlo. De esta manera, el alcaloide de la hoja se potencia y lo mismo sucede con sus propiedades naturales. Al menos, eso es lo que sabemos. Pijcheando esa buena coca, recuperamos vitaminas mientras miramos el partido de River por semifinales de la Libertadores. Siendo hincha de Boca, aún con el sabor horrendo del escándalo que nos había dejado afuera, acompañé respetuosamente a mi amigo, aunque deseando la peor de las suertes para su equipo. No hubo suerte para mí, Guaraní no fue rival en el primer cruce, ­tal como lo esperaba­. Terminado el encuentro, empezamos a armar los bolsos, pues partiríamos por la mañana siguiente hacia la selva de yungas. Mientras tanto, en la tele pasaban Pánico y Locura en Las Vegas, así que a la vez que acomodábamos el tiradero que teníamos, estimulados por la hoja sagrada, nos reíamos de los personajes y de nuestro itinerario ­mucho más apacible que el de Hunter Thompson y su abogado­. Claro, eran las 5 de la mañana y Nelson, con su tendencia al insomnio, seguía mirando la tele mientras yo ya dormía. En sólo 2 horas teníamos que lanzarnos a una caminata cargados con las mochilas hasta nuestro monstruoso amigo preferido, el mercado. Desde allí, hipotecaríamos una vez más nuestra integridad física y seguiríamos nuestro camino por las rutas bolivianas.

 

Bolivia II

La noche del reencuentro en el boliche de Tupiza se volvió agitada, no podía ser de otra manera. Ya veníamos con ganas de movilizar el espíritu porque la incertidumbre, respecto a los bloqueos de Potosí, había generado un poco de ansiedad. Ahora que había llegado Nelson, pude relajarme y dedicarme a compartir esos tragos raros con nombres de Volver al Futuro. Chuflay era el que más gracia me causaba, estaba hecho a base de un destilado de vino, muy popular en la zona, que se llama singani, con lo cual tiraba sus patadas de burro. Al rato estábamos todos bailando en el medio de la gente, escuchando al animador –porque no hay lugar donde pasen música en el cual no haya un tipo con tono y comentarios dignos de las radios de hits adolescentes– que intentaba generar empatía con los borrachines danzantes. Mientras nos reíamos de las payasadas que nosotros mismos hacíamos, no paraban de aparecer personajes que nos compraban cerveza o nos regalaban tragos, todo por ser forasteros: ¡la ecuación se había invertido en el mejor momento! Así que disfrutamos de la hospitalidad de los locales y brindamos por los caminos que nos estaban esperando. Finalmente nos volvimos caminando como una tribu errante hacia nuestro refugio. Andar borracho por calles desconocidas es uno de los placeres más grandes que me ha brindado la existencia, esa sensación de novedad absoluta agudiza todos los sentidos y descubro olores, formas, costumbres callejeras y más. Al llegar, la barraca era completamente nuestra, así que anduvimos saltando por las camas y festejando lo efímero, ya que al mediodía siguiente nos dispersaríamos.

Al levantarnos, Rogerio ya había partido, nos despedimos de las chicas y los chicos y me fui con Nelson a buscar pasajes hacia Villazón, pues él debía actualizar su permiso de estadía en Bolivia. Esperando, comí charqui por primera vez –carne de llama deshidratada y secada al sol con sal, mote, papa y huevo– e inauguré la temporada de comer en la calle con la mano. Atravesamos el polvo sureño nuevamente y tras dos horas estuvimos en Villazón, Nelson pudo hacer el trámite y logramos abordar el último bondi a Cochabamba. Luego de una hábil negociación por parte de mi amigo, conseguimos pasajes más baratos para un viaje que implicaría todo un rodeo geográfico: los bloqueos de Potosí obligaban a que –para ir hacia el norte– hubiera que desviarnos hasta Uyuni, desde allí subir hasta Oruro y más tarde hasta nuestro destino. Es aquí donde realmente comenzaría una travesía vertiginosa a lo largo de Bolivia.

Corrimos para subirnos justo antes de que partiera. Una vez arriba nos fuimos hacia el fondo. Más allá de las camionetas con asientos que nos llevaron y trajeron desde Villazón a Tupiza, esta era la primera vez que subía a un micro de larga distancia local en su máximo esplendor: calculo que el micro tenía al menos 15 o 20 años, por supuesto que no contaba con baño y, entre otras particularidades, mi asiento gozaba de un reclinado constante ya que los soportes estaban vencidos. En general todos los asientos contaban con alguna distinción, al menos, nosotros estábamos atrás de todo y no teníamos más que el final del vehículo a nuestras espaldas. Sabíamos que en la noche haría frío, ya nos habían advertido que en Uyuni estaba haciendo unos -18° de madrugada, la hora en la cual lo atravesaríamos, así que subimos todo el abrigo que pudimos a pesar de que en ese momento parecía inverosímil. Íbamos muertos de calor, con las ventanillas abiertas, masticando el polvo del desierto, realmente costaba concebir que en unas horas podríamos estar tiritando de frío. Pero había otro factor que hacía necesario mantener la ventilación; al parecer, la gente del sur boliviano maneja otro nivel de tolerancia a los olores corporales, especialmente a los que se van añejando. De este modo, el interior del micro era un festival de olores danzantes. Nadábamos en un mar de aire conformado por partículas de sebo, transpiración y demás. Ciertamente no nos hicimos mayores problemas, de haber sido de esa forma todo se hubiera convertido en una prolongada tortura.

El panorama era desgreñado y rotoso: fierros viejos rechinantes, golpes en los amortiguadores milenarios, grasa oscurecida en los cubre asientos, desierto entrando por la ventana y dedos que no paraban de rascar cueros cabelludos. Así fuimos conversando un poco mientras nos adormecimos gradualmente y caímos en los brazos de Morfeo. Luego siguieron golpes, zamarreos y haces de luz por las hendijas de los ojos, hasta que frenamos a cenar. Paramos en algún pueblo perdido donde vendían sánguches de huevo, hamburguesas, pollo frito y las aguas saborizadas que aparecían en El Chavo. Los baños públicos, que más bien deberían llamarse privados, estaban colapsados de cholas y hombres a los cuales les encantaba mojarse el pelo, por más de que se mantenía grasoso. Luego de darme cuenta que había sido inútil haber pagado por todo eso, comimos algo y volvimos al letargo.

Hasta acá todo era según lo esperable, pero de pronto el asunto se volvió más difuso. En medio de la madrugada, entredormidos, comenzamos a sentir algo incómodo: sin darnos cuenta estábamos temblando en medio del cero absoluto. Inmediatamente, sin previo aviso, nos sacudió un golpe en el micro que parecía producto de un choque o una caída en un precipicio. Nos despertamos y nuestros cerebros atontados intentaban procesar toda la información junta. Al parecer no había sido choque ni precipicio, pues seguíamos avanzando. Ahora los golpes eran más leves pero constantes. Cuando quisimos discernir de qué se trataba, corrimos la cortina y… ¡oh sorpresa!, se había congelado el vidrio. Una capa de hielo de un grosor considerable cubría la visión hacia el exterior y emanaba frescura. Rompimos un poco de hielo y el panorama era extraño… al parecer no avanzábamos por ninguna ruta sino que íbamos a campo traviesa, en medio de la negrura nocturna. Además, sólo pudimos descifrar eso gracias al reflejo de las luces delanteras, las cuales, al parecer, eran la única luminosidad en kilómetros a la redonda. Entregadas nuestras vidas al azar, sin más, nos decidimos por seguir dormitando y soportando el congelamiento.

Al llegar gradualmente el día, la tensión en el cuerpo me hizo desear mucho el sol. Cuando apareció, logré sentir cada grado que aumentaba, fue raro. Después del desayuno –un té con un pedazo de queso y pan– en algún lugar, seguimos viaje a través de Oruro. Ya íbamos camino a Cochabamba pero a la salida de una curva, en medio de dos montañas, una pieza averiada determinó que el micro se quedaría ahí mismo. Cuando divisamos que la cosa daba para un rato, nos bajamos a fumar y a tomar aire. El sol quemaba y con Nelson nos dimos cuenta de que estar sentados frente a un micro, el cual estaba dispuesto peligrosamente contra una pared de roca, a la salida de una curva ciega, era hipotecar nuestra existencia sin obtener nada a cambio. Así, nos fuimos en frente y nos divertíamos viendo la sorpresa de los camioneros al salir de la curva y encontrarse con un mamotreto estacionado. Hubo maniobras muy sorprendentes y no se destacaron por su calidad.

Finalmente, tras casi dos horas bajo el sol de las montañas, el chofer-mecánico decretó que el colectivo no podría ser reparado en breve. De esta manera, los pasos siguientes serían abalanzarnos sobre los micros que pasaran y apretujarnos en su interior junto a los pasajeros que ya venían en viaje. Así nos fuimos distribuyendo a medida que iban pasando. Cuando nos tocó a Nelson y a mí, subimos primeros y nos fuimos nuevamente al fondo, pero esta vez con las mochilas grandes encima, las cuales desparramamos en el pasillo. A diferencia del día anterior, ahora sí hacía verdadero calor y no había mucho espacio disponible como para andar tomando aire. Nelson ya sufría la impaciencia, yo pude dormitar un rato más mientras sentía que me cocinaba en mi propio jugo –y en el de los demás–.

Cuando desperté, seguíamos avanzando, ahora por zona urbana. Al parecer estábamos en Cochabamba, sin embargo no se avizoraba una terminal. Cada tanto, el colectivero frenaba para que bajara algún pasajero. Nuestro avance fue cediendo al embotellamiento en el cual estábamos enredados. Mientras tanto, el calor, junto al hambre y la pestilencia, se hacía tortuoso. Afuera comenzaron a aparecer unos edificios peculiares, eran casas de varios pisos, ornamentadas de manera extraña, las cuales parecían implicar un gran costo de construcción. También se podía ver a los obreros ampliando el pavimento para agregar otro carril a la ruta, así como las primeras columnas de lo que en un futuro sería una autopista. Evidentemente, tanto la construcción como la obra pública estaban muy activos: eran más de las 18 hs. y los obreros no paraban. Eso hizo que aparezcan unos incipientes cuestionamientos en mi cabeza: ¿es esto el progreso? ¿qué se entiende por progreso normalmente? Más autos, más cemento, más ladrillos, más edificios, más consumo. Al parecer, en Bolivia también se está entendiendo el progreso del mismo modo que en Argentina. La gente trabajaba mucho, se notaba desde la ventana del colectivo. ¿Hacia qué los llevará ese trabajo?…

Luego de una hora y media atravesando territorios con obras y talleres mecánicos, llegamos verdaderamente a Cochabamba. Más de 24hs. tras haber partido de Villazón. La terminal de micros nos recibió con un bullicio infernal. Creo que sería la terminal más caótica en toda la aventura: gritos por doquier ofreciendo destinos, gente yendo y viniendo, otros durmiendo en las sillas, sillones mecánicos de masajes y nosotros haciendo nuestro aporte en todo el caos. Salimos a la calle, ya era de noche y la temperatura agradable. A estas alturas se me complicaba reflexionar o sorprenderme por el novedoso lugar: ¡era la primera ciudad grande de Bolivia que conocía! Pero había que encontrar donde caer muertos sin que nos arrancaran la cabeza, con lo cual no disponíamos de tiempo para perder. Mochilas al hombro y a mezclarnos en la multitud citadina. Puestos de comida que nos hacían babear, gente caminando entre los autos que pasaban, luces, más puestos de comida, cansancio. Así avanzamos hasta la zona céntrica, a pocas cuadras de la terminal.

Efectivamente, una nueva ciudad comenzaba a incrustarse en mi mente para siempre. Al llegar a un lugar novedoso uno guarda, en ese mismo instante, imágenes, olores, momentos que se convierten en recuerdos y referencias de ese espacio urbano. El impacto siempre se hace sentir, sin importar que el cansancio acucie o que la reflexión parezca imposible. En el fondo, el mecanismo sigue funcionando y recaba información de forma vertiginosa: cómo se viste la gente, que fenotipo predomina, cómo se mueven, evaluación de las posibilidades de conflicto, cómo es el tránsito, qué colores imperan, cómo son los edificios, qué olores hay en la calle y mucho más. Cada vez es distinto, en cada lugar que se conoce y por más que se activen los mismos mecanismos inconscientes, levantando los datos de la misma forma en cada ocasión, las imágenes que guardamos son únicas y personales. Se trata de eso que queda en la cabeza: de la mochila camuflada de Nelson paseándose entre transeúntes delante mío, de las luces de los semáforos resplandeciendo entre los coches y los cableríos caóticos, de mis ganas de encontrar donde dormir para poder tirar las cosas y comer algo con la tranquilidad de tener un lugar. Así avanzamos, con las mochilas cargadas de nuestras vidas y de nuestras categorías.

 doc simio 2 bis

Bolivia

Uno descubre otros yo que habitan dentro de uno y componen con circunstancias y culturas que parecían ser lo otro. Sin embargo, en el momento de zambullirse, son lo que debían ser, el espíritu estuvo hecho a la medida de esas cosas que ahora se convierten en propias.

¿Cómo contar sin hacer una crónica ni algo que meramente recupere lo abstracto de la reflexión personal? No lo sé, pero luego de unas 40 horas de viajes consecutivas, transbordos en Buenos Aires y Villazón, pude unir Mar del Plata y Tupiza a mediados de Julio del 2015. Bolivia me recibió con altura, sequedad, un terreno árido, cerros, polvo, colores flúor y gente que se comunica a través de canales constituidos por dificultades misteriosas para los forasteros: caras estáticas con ojos que parecen no acusar recibo de las preguntas para las cuales no tienen respuestas. Confusión que descoloca la manera en la que uno está acostumbrado a percibir el mundo.

Hacía tiempo que no podía viajar sin rumbo fijo, lo estaba extrañando. Había una necesidad que me quemaba el pecho desde adentro porque al viajar de este modo se genera una sensación de libertad muy particular. Cuando uno la probó, el cuerpo mismo es el que demanda y exige la incertidumbre como modo de vida cotidiano, al menos por un lapso mínimamente prolongado: ni un fin de semana, ni una semana. Se necesita algo que exija el estar preparado para afrontar no sólo las alegrías y los asombros, sino las dificultades inesperadas que habrá que aprender a resolver caminando. Esta clase de procesos, en otras ocasiones, siempre trajo aparejada la reafirmación de mí mismo y el crecimiento personal basado en las experiencias colectivas. Estaba seguro de que esta vez no sería la excepción.

Sin siquiera pensarlo, ni bien desembarqué en Tupiza, un poco atontado por la cantidad de horas de viaje y el shot de la altitud, recorrí con paso zombie las calles que me separaban de la estación de micros y el alojamiento que encontré. Tiré la mochila y, sin saber por qué, me fui al mercado a buscar a quien me acompañaría a mí y a mis amigos durante toda la travesía: la hoja de coca. Nunca tuve el hábito de utilizar la coca, pero evidentemente estaba en mis planes adquirirlo, de lo contrario hubiera cargado el mate conmigo y no me hubiera lanzado de modo automático a buscar algo que desconocía. Quizás me estaba llamando desde las alturas sudacas, quién sabe.

El asunto es que debía esperar a quien sería mi compañero humano de ruta, mi amigo Nelson, quien trabaja en Sucre, tenía que llegar a Villazón o a Tupiza –el sur boliviano–, pero los bloqueos de los mineros en huelga de Potosí habían paralizado la comunicación terrestre del país, dividiéndolo en dos territorios de muy difícil acceso entre sí. Con este panorama, sólo me quedaba esperar en la incertidumbre, pues en teoría ya había partido en mi encuentro pero no andaba por ningún lado y permanecíamos incomunicados. Así que me acomodé en la barraca donde recaí. Ahí me encontré con dos chicas a las que me había cruzado en el puesto fronterizo, velozmente establecimos equipo y nos dispusimos a preparar la comida de la noche.

Dormir fue raro, doloroso y frío. El cuerpo se resiente con los viajes tan prolongados y la altura, más allá de no haberme afectado de modo determinante, era una situación física que no dejaba de estar presente en el reacomodamiento de mis células. No obstante, al día siguiente ya nos lanzamos en una caminata de unas 6 horas por el desierto. Caminando junto a las vías del tren, el polvo acompañaba los relatos de Magui y Luciana, de cómo habían huido de la asfixiante vida laboral de Capital y se habían volcado al camino por tiempo indefinido, abandonando esos puestos codiciados por tantos, los mismos que las estaban esclavizando. Mientras tanto, el oxígeno escaseaba pero el paso no aflojaba, así llegamos hasta el Valle de los Machos y El Cañón del Duende. Entre esas piedras milenarias sentí el sol de la altura directo en mi piel, ardiendo, mezclándose con el viento seco y frío. El cielo era celeste, limpio, y contrastaba con el colorado de las montañas. Antes, cuando imaginaba a la gente que viajaba al norte siempre me preguntaba cómo sería la sensación. Recuerdo que al llegar a Amaicha Valle, hace algunos años, sentí un loco impulso de no detenerme y continuar subiendo, en ese momento no era posible, pero ahora estaba saldando una deuda añosa. Había llegado a las montañas y no podía dejar de examinar las plantas espinosas, olfatear el aire límpido y escuchar el silencio, el verdadero silencio. Así, de a poco, comencé a escuchar más claramente las preguntas que tenía para mí mismo.

Al regresar al alojamiento, apareció Rogerio, un brasilero que venía recorriendo Sudamérica en bicicleta, Ramiro y Leo, dos geólogos de Bahía Blanca, y luego Flor y Tais, dos marplatenses de la Malharro (la escuela de arte). Eso sí que era llamativo, a más de 2.000 kms. de casa pero tenía la impresión de que sólo me había acercado a algún bar de los de costumbre. Quizás sea el mar, con su eterno dinamismo, lo que nos forja un espíritu movedizo, no lo sé, pero efectivamente el camino está plagado de marplatenses.

Esa noche, tras otra comida comunitaria, conocimos los dos únicos bares que abrían los viernes de Tupiza. Uno era una casa con unas luces verdes y unos sillones moribundos, obviamente no existe la ley antitabaco en Bolivia, así que se podía acompañar el trago con un pucho. Luego, el siguiente era más controversial: se llamaba El Caballero y se trataba de un karaoke. Al principio arrancaban con una música más bailable, un mix entre cumbias argentinas de los 90´s y pop yanki de los 80´s. Sumando los videos extraños que pasaban por los televisores, las luces y los nombres de los tragos, se constituía un mundo que no parecía real por ningún lado del que se lo mirara. Había muchos turistas gringos, pero eran minoría ante los locales, quienes se ufanaban sacando a bailar a las chicas que no eran de ahí. Algunos se ponían insistentes y pretendían demostrar alguna clase de “hombría” a los que andábamos con amigas mujeres. Claramente se trataba de otra frecuencia. Pero nada más distorsionado –bajo nuestros parámetros– que el lanzamiento del karaoke. De pronto, pararon la música que mantenía a la gente alegre y tras un prolongado silencio, comenzaron a sonar las notas de unos teclados midis emulando boleros y temas por el estilo. Eso era sólo el primer golpe; inmediatamente la voz de alguna señora cincuentona invadía todo el boliche desentonando esas canciones románticas. Parecía que me habían drogado con algo que trastocaba mi percepción de forma violenta, pero no, apenas si había tomado unas cervezas.

Al día siguiente partieron las chicas con las que había realizado el primer equipo del viaje, pero ya estaba forjado uno nuevo con el resto de los que habían llegado luego. Es increíble la manera en la que se constituyen equipos efímeros cuando uno vive en una cotidianidad tan dinámica. Hoy acá, mañana allá y nunca se sabe con quién se compartirá la mesa. No obstante, esos ratos que se comparten convierten a esas personas en amigos más que cercanos. A pesar de trabar relación durante menos de 48 horas, se puede sentir una confianza muy profunda. Algo en nuestro inconsciente debe estar preparado para configurar tribus o pequeñas comunidades, imagino que debe tratarse de algo relacionado con la supervivencia. El asunto es que, cuando se viaja de esta manera, los equipos se suceden, uno tras otro, en una frecuencia a la cual sólo acceden quienes son abiertos y pueden trabajar gregariamente. Es fantástico el poder acceder a la gente desde un aspecto tan particular que sólo se da en situaciones como éstas, las cuales están lejos de nuestra cotidianidad citadina. La complicidad teje lazos que pueden permanecer indelebles.

Esa tarde nos dedicamos a estar tranquilos con Rogerio y las paisanas costeras, anduvimos recorriendo Tupiza: la plaza, las callecitas y el mirador –donde algunos adolescentes que vieron mucha tele pintaron marcas satánicas–. A la tarde ya me había entrado un poco la preocupación porque seguía sin noticias de mi amigo en viaje. El asunto era que los bloqueos en Potosí –y la zona– hacía que todos tuviéramos que rever nuestros itinerarios. De pronto, sin proponérnoslo, se había conformado una especie de asamblea en la cual buscábamos datos por Internet, interrogábamos a un viajante que había llegado hacía un rato –el cual conocía las rutas de la zona– y debatíamos cuales eran las mejores opciones para cada uno, dependiendo de los respectivos planes. Dada mi incertidumbre, decidí ir en búsqueda de algún dato a la terminal de ómnibus, recordé que Nelson había enviado los datos de su micro, así que pude localizar la oficina de la empresa por la cual había viajado. Tras preguntar, sólo me dijeron que habían recibido una llamada del chofer y que estaban detenidos en un pueblo llamado Belén. Quise saber si tenían comida, pues ya hacía más de 24 hs. que estaban detenidos, pero en ese momento parece que me quedé sin crédito para más preguntas. La mujer, de muy pocas palabras, me miró con una cara vacía de expresiones y me dijo: no sé. Ante mi cortés insistencia no atinó a ninguna clase de amabilidad, sólo torció su cabeza y comenzó a dirigirse a otro hombre que estaba en el mostrador. De repente parecía que me había vuelto un fantasma.

Como espectro caminé de vuelta hacia mi hospedaje, preocupado por mi amigo. Se me ocurrió que podría obtener algún otro dato en la recepción, así que continué con mi investigación. Allí me trataron más como a un ser viviente y me dijeron que seguro que había comida porque era un pueblo, además, dado que ya era sábado, había chances de que dejaran pasar a la gente como había sucedido el fin de semana anterior. Esto me tranquilizó un poco, de todos modos tampoco quedaban muchas más opciones que la paciencia y la espera –algo que entrenaría y cultivaría a lo largo de toda la aventura–. Finalmente cocinamos algo y nos fuimos a un boliche todos juntos, no había mucho más para hacer bajo estas circunstancias.

Una vez en el lugar –que no había abierto la noche anterior–, empezamos a tomar unos tragos y a conversar. Fuimos los primeros en llegar, el lugar era muy grande. No sabíamos como sería la noche, pero nos quedamos allí. Fue llegando cada vez más gente, mientras sonaba la cumbia vieja y nosotros continuábamos con los brindis. Estábamos conversando y paveando cuando de pronto noto una silueta que se para frente a la mesa. Como la luz le daba por la espalda, tardé unos segundos en distinguir de qué se trataba. Ni bien intento aclarar un poco la visión, una voz conocida me saluda… ¡era mi amigo Nelson!

Buenos Aires

Buenos Aires me suena a Luca. Caminando por la calle, yendo de acá para allá, no puedo sacarme a Luca Prodan de la cabeza, sus melodías melancólicas, el paso cansino de quien ya no va hacia ningún lado y observa con el filtro de la nostalgia todo lo que acontece a su alrededor. Por momentos siento que soy capaz de meterme en su piel, adentro de esa pelada, y me doy cuenta que nada cambió después de 30 años.

Buenos Aires es la ciudad que más veces visité en mi vida. Contando con que la relación entre Capital y Mar del Plata es muy dinámica, no es extraño. Más de un viaje por año de promedio, hace que mi andar sea casi cotidiano. No obstante, jamás experimentaré el verdadero ritmo de su cotidianeidad sin vivir ahí. Esto último nunca ha estado en mis planes, pues siento que no sobreviviría anímicamente.

Por otra parte, la imagen que tenemos de las ciudades también está compuesta por las personas que allí conocemos, visitamos y nos reciben. En esta última aventura, además de cumplir con ciertos trámites referentes a mi trabajo, aproveché para aventurarme en las entrañas de la urbe, manifiestas en amigos y amigas. Mi ritmo itinerante me llevo por distintos lugares en tan sólo menos de cinco días: el centro, Caballito, La Paternal, Palermo, Villa Urquiza, Chacarita y Congreso. Esos viajes pueden ser leídos como una metáfora de los saltos que di entre las personas con las que solo pude hablar de cosas significativas.

Al principio, cuando bajé del micro con las obligaciones, intenté meterme en el ritmo porteño, pero el impacto de las calles céntricas me cacheteó violentamente. Las caras, las pieles, los pelos, los colores, los edificios: todo demacrado e insano. La desesperación de sacar un peso en ese movimiento constante de desconocidos, tanto por parte de quienes buscan sobrevivir vendiendo mano a mano como de los negocios o de los grandes responsables de las miserias del mundo. Eso y más. Así, mientras hacía lo mío, no podía dejar de prestarle atención a la desolación que me invadía, a la sensación de vulnerabilidad en la jungla de concreto, en la cual estamos siendo acechados constantemente y conformamos un ejército de presas errantes. Claramente soy sensible a todo esto, pero justamente eso es lo que me pone mal: la naturalización por parte de la gente de un modo de vida altamente nocivo, atrofiante y corrosivo, seguido por la emergencia de una callosidad que insensibiliza.

Tras haber completado algunas tareas, comencé la parte más deseable de todo el trip, visitar a la gente. Reencontrarse con diferentes personas suele implicar una serie de manifestaciones internas de menor o mayor intensidad: preguntas, sensaciones, sentimientos, cuestionamientos, reafirmaciones, revelaciones o a veces sólo las atentas observaciones, comparaciones y reflexiones.

En general, las personas con las que más contacto tengo, como a la mayoría nos sucede,  tienen un perfil definido, el cual concuerda con el mío. Franja etárea y social, intereses, inquietudes y otras cosas más. Jóvenes-adultos, clase media trabajadora con formación secundaria, terciaria o universitaria, relacionados con el ámbito de la cultura. Esa tendencia no excluye el contacto con personas que queden por fuera de los parámetros, pero reconocer que justamente existen tendencias, nos permite descubrirnos un poco más a nosotros mismos.

Durante el rush de los días que duró el viaje, me vi enfrentado constantemente, mano a mano, con personas que tienen diferentes cargas simbólicas en mi vida. Algunas representan cosas muy puntuales, otras, el soplido de ciertas tendencias tribales de las cuales he formado parte. O quizás, cada una tiene un poco de ambas cosas. El asunto es que con todas pude llevar a cabo intercambios intensos, los cuales, más allá de las particularidades, me devolvieron elementos representativos de lo que significa, para esta franja de personas, el vivir y desarrollarse en un lugar así.

Me entristeció encontrarme con gente valiosa, de intenciones nobles, creativas, poco egoístas y positivas, dirimiéndose entre lacras que pretenden quebrar sus valores, sus expectativas, sus ilusiones y sus convicciones. Me di cuenta que esa crudeza que distinguí al momento de bajarme no era una mera sensación, sino que está manifestándose  constantemente, haciendo la guerra material y psicológica a quienes intentan vivir eludiendo la picadora de carne. La ciudad y sus acólitos amarillos como la hepatitis pretenden que todos queden mansamente rendidos y quepan dentro de los parámetros predeterminados, una especie de cajón a medida. Pero no. Hay personas valientes que enfrentan diariamente la confusión, la desorientación y el aislamiento, consecuencias de no dejarse vencer, de seguir alimentando la llama de ser auténticos. Así, caminar por los barrios no deja de tener su encanto, aunque el costo de vida es tan alto que no se cobra en dinero, sino en salud.

Esto me llevó a pensar: ¿qué hay en mí? ¿Por qué le presto atención a cosas que muy pocos reconocen como problemas serios? ¿Seré un tremendista que no puede disfrutar de las calles, de los bares, del sueldo y asumir que siempre hay gente en peores condiciones? Creo que se puede mantener el disfrute, asumir que hay otros bajo peores condiciones, sin naturalizar esto ni relativizar nuestras propias problemáticas, las cuales son caras de la misma moneda. Pero durante esos mismos días se sucedieron ahí mismo hechos tan significativos como la primera marcha masiva contra el femicidio, la condena a uno de los policías implicados en el caso Arruga o la ridícula y escandalosa exposición de la mafia organizada que emergió -envalentonada por la impunidad eterna-  en el Boca – River. Todo en el marco de la continuidad del acampe QoPINIWI en el obelisco. Es decir, incluso más allá de las torturas segmentadas en detalles como el transporte, la alimentación, las instituciones asfixiantes, la contaminación de todo tipo o la psicosis colectiva invasiva, parece inevitable no sentirse rodeado e indefenso cuando uno mira bien a sus alrededores, especialmente en Buenos Aires, donde todavía se huele el humo de los talleres clandestinos incendiados.

Ventanas, bares, pizzerías, parques, estaciones, recitales, caminatas, comidas; todos fueron escenarios de la aventura en la cual indagamos en nuestras propias profundidades y en las de aquello que nos rodea. ¿Por qué esa es mi gente? ¿Qué imagen encontré frente a esos espejos? ¿Cómo harán para sobrevivir al monstruo? A medida que pasan los kilómetros me va dando la sensación de que cada día debemos luchar más profundamente contra la desorientación, construyendo criterios de cómo queremos vivir para impedir que las filtraciones cancerígenas avancen sobre nosotros. Luego, luchar para imponer esos criterios positivos y expandirlos, compartirlos para conformar una trinchera crítica y vital, sembrar semillas que nos trasciendan y construir, mientras tanto, nuestra propia sanidad. Parece ser que la existencia es un combate eterno y estamos en tiempos de resistencia.