Despedida

Me voy amigos. Caminando por la planicie, viendo el sol quemar el horizonte hasta ir apagándose, me doy cuenta que formamos parte de ese fuego. El amarillo intenso se vuelve anaranjado, pinceladas magenta se mezclan con restos de azul cada vez más oscuro. Alrededor de ese núcleo, avanza la noche, eternamente constante. Los pastizales –y su verde opacado- comienzan a humedecerse con el aterrizaje de las nubes.

Camino de tierra, árboles, la pampa que parece tan llana está repleta de secretos. Nunca vamos a conocer ninguno de ellos, ni siquiera llegaremos a determinar la existencia de la gran mayoría. Sólo permanecerán invisibles a los ojos de cualquiera, incluso una vez que ya no estén aquellos pocos que los conocieron. Probablemente, si se enfrentaron, ni siquiera se dieron cuenta que estaban ante un misterio tan profundo, con tantos ribetes y fintas. Los misterios son esquivos, se ocultan bajo nuestras propias narices y no podemos descubrirlos. Los secretos son misteriosos. Los misterios nos confunden.

Aisladas en el monte viven unas figuras desgarbadas, de largos miembros y miradas profundas. Se entremezclan con animales, a veces hasta se destiñen y es difícil determinar sus tonos entre las ramas. Durante alguna época se vuelven festivas, alegres, sensuales: bailan y cantan por las noches. Sus voces y aullidos permanecen resonando más allá del tiempo, una y otra vez. A la orilla de la laguna ya no hay bullicio, sólo el reflejo de la luna iluminando los silenciosos rostros pálidos. Con el corazón en las manos esperan frente al agua.

La noche siempre resultó peligrosa, por eso los tengo cerca, para acompañarnos todos juntos y enfrentar el desasosiego. Miramos a través de otros ojos y encontramos una tranquilidad mutable, siempre pasajera. La reelaboración requiere mayor profundidad cada vez y de un momento a otro podemos perdernos de vista. Las confusiones pueden dirigirnos por senderos muy fríos, separarnos, aislarnos. Así resulta más difícil fortalecer las alianzas vitales. En la soledad nocturna resulta muy desigual la batalla. Esos fantasmas me acosan voráces, no me dan descanso. Es desesperante. Siento que pierdo el control, que el margen de maniobra se angosta. Quiero sostener mi poder de decisión.

Cuando llega la mañana, la noche se pone en pausa durante algunas horas. La ilusión de recuperar un poco de movilidad me permite desenvolver lo suficiente. Los rayos de sol tibios me reconfortan, me traen de vuelta el calor de los abrazos, las risas, los colores y la creatividad. Revive el afecto que nunca dejó de estar y los acerca a todos una vez más. Así me voy amigos, abrazándolos.

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Momento

Caminaba a paso lento, las baldosas estaban desparejas, de distintos colores, rotas. El sol las venía gastando desde hacía décadas. En cada calle que atravesaba, el olor era otro. Cada ventana abierta, cada pasillo profundo acercaba un vaho diferente. Sintió el olor del tiempo malgastado, triturado por la amargura, de bolsas de basura llenas de yerba usada, chorreando el jugo de lo que ya fue. Así se presentaron fotos de viejas amistades, momentos compartidos, confianza establecida, complicidades que se desvanecieron para dejar lugar a un vapor difuso.

Las baldosas se volvieron arena bajo sus pies. Frente a sus ojos aparecieron dunas acariciadas por el viento: se movían como las mareas. El baile de arena marcaba el paso del tiempo. El tiempo la obsesionaba, porque no se detendría jamás. Al menos pudo verlo dejando su rastro entre los pliegues y las sombras, lo vio moverse y arrastrar consigo todas las formas que ya no se repetirían jamás. Sólo aparecerían nuevas, para volver a dejar de ser.

– “Siento un nudo en el estómago. En la cabeza. No sé qué quiero en este instante, no sé qué es lo que me está torturando. Siento que se me queman las tripas, siento la necesidad de arrancarme la piel para que se pueda evaporar el humo tóxico que me está envenenando. Me dan ganas de llorar y de reventarme la cabeza contra la pared, que estalle mi cráneo en mil pedazos y que mi cerebro explote por el impacto. Necesito frenar el torbellino que me revolea, necesito apagar el incendio que me está consumiendo. Angustia. Angustia y confusión. Tal es la frustración por la ansiedad de llevar a cabo tareas colosales que requieren la paciencia del tiempo. La paciencia, sí, la tengo, pero por momentos la pierdo un poco, como si estuviera durmiendo y al moverme se saliera la cobija. Tengo que volver a cubrirme con paciencia, sino me voy a enfermar. Me voy a enfermar de muerte y destrucción. Veo cómo se rompe la tierra a mi alrededor, los ruidos me sobresaltan, miro hacia los lados como un animal en estado de alerta total. Voy a comerme mi propia mierda, una y otra vez, hasta convertirla en una victoria vital. Voy a vomitar mis demonios, los voy a poner en frente mío y los voy a exorcizar.”

Los médanos se volvieron una gran nube de cigarrillos, horrorosamente sofocante. Se le secaban las fosas nasales, las mucosas se le resquebrajaban y la garganta se le cerraba. Los ojos también sufrían, se irritaban y requerían más lágrimas que de costumbre. Las lágrimas no eran de tristeza, no eran emocionales, sino fisiológicas. La gente puede llorar por tristeza o por alegría, la acción podría parecer la misma, pero el motivo no era ninguno de esos dos, el motivo era la asfixia, la desesperación del cuerpo. Las viejas amistades se sucedían en fotos que llovían y se desmaterializaban antes de tocar el suelo, se desvanecían entre el humo: otra forma de pensar el paso del tiempo.

Entre medio de la niebla, encontró un palo y lo miró con ojos fulminantes. Tomó los extremos con ambas manos y puso una rodilla en el medio, a modo de palanca. Ejerció presión. Sintió la fuerza recorriendo todo su cuerpo, los músculos, los huesos, los dientes apretados: la tensión se desplegó a lo largo de sus tejidos, la furia se canalizó en un movimiento. El esfuerzo parecía semejar una maquinaria, si se abandona se oxida y duele más recuperarlo que mantener su continuidad, era necesario empujar un poco más, siempre un poco más de fuerza. La tensión en su máximo punto: si la gaviota se deja llevar por el viento tendrá que recorrer el doble de distancia una vez que la corriente desfavorable se corte. Un poco más de presión hasta que cruja la madera. Más fuerza, más tensión y ¡crack! Se astilla la superficie. La explosión es de pura vida, estalla la potencia de la primavera, se resquebraja la superficie y emerge el brote. ¡Fuck you!

Carta

Desde que me cayó la ficha, hace más de 2 meses ya, no paré ningún día de revisar los diarios como un loco, buscando la clave que se les pasó a todos para encontrarte y derrumbar las mentiras. Por supuesto que era una ilusión, un mecanismo de defensa ante la debacle de lo que pudiera quedar de humanidad a nuestro alrededor. Vos sabés bien de lo que te estoy hablando. Lo vi en tus dibujos, también sabés que vivimos en un mundo podrido. Por eso elegimos pelear.

No te conozco, deduzco cosas en base a lo que cuentan tus amigos y tu familia, de tus textos y lo que haz hecho. Tengo que escribirte porque estuve mirando tu imagen congelada en 5 o 6 fotos durante muchas semanas, casi como si se tratara del retrato de un amigo que vemos en una repisa. No me gusta la lógica de que vos podrías ser yo o que podrías ser quien sea: vos sos vos y yo soy yo -sacando de lado los problemas filosóficos que estas afirmaciones implican-. No obstante, no puedo dejar de ver que podríamos haber coincidido en muchas ocasiones, habernos encontrado viajando, en alguna plaza, en algún bar, en algún recital, en alguna marcha, en algún centro cultural, en alguna charla sobre política. Eso me pone un poco peor, porque te reconozco como un igual, no como un personaje de esos indescifrables que caminan por la calle pensando en la guita o vaya uno a saber en qué cosa. Puedo imaginarme las cosas que te queman adentro y te arrastran a asumir responsabilidades y posicionamientos en un mundo que no acostumbra a hacerlo, me ha pasado a mí también.

Tengo que hablarte, decirte que quizás podamos ser amigos y aprender de lo que el otro ha visto. Tengo unos amigos increíbles que seguro te caerían muy bien. Es loco, porque te veo en las fotos, croto, desalineado, sensible, reflexivo, aventurero, comprometido con un modo de vida que no es el que prima. No puedo evitar la sensación de que tenemos un modo de vivir parecido en unos cuantos aspectos. Te noto un tipo intenso, que deja marcas por donde pasa. A veces creo que yo podría ser así, es difícil afirmarlo de uno mismo, pero algunos amigos me han dicho eso.

Me enteré que viajaste por Uruguay, Chile y por Argentina. Yo también he podido viajar mucho y me gusta viajar sin saber bien a dónde voy ni qué voy a hacer. He viajado en micro, en avión, en tren, en moto, ¡hasta manejando autos de gente que conocí en el camino! Son buenos cuentos los que podríamos intercambiar. También sé que pintás murales. Tengo un amigo al que se le ocurrió un proyecto de pintar en los barrios como modo de acercar el arte a personas que no suelen estar en contacto con ese mundo, especialmente a los chicos. Arrancó en su barrio y terminó en Colombia. Yo aporté unos textos en la primera tanda: no sé pintar murales, pero me gustan mucho. Quizás podrías participar en las movidas colectivas que organiza junto a quienes fue conociendo mientras pintaba en otros lugares. ¡Ahh! Ahí por Chile, justamente, tengo un hermano de la vida que es abogado de los mapuche y hace poco logró aportar para la liberación de unos cuantos que estaban presos por delitos que no cometieron. Tiene historias increíbles. Por mi parte, en este sentido de plantar semillas y organizarnos, también participo de un colectivo. Nos preocupa mucho la disputa en las instituciones educativas, creemos que es fundamental construir otro tipo de educación, para que se propaguen otros valores entre las personas. Si bien somos marxistas, tenemos alguna influencia del anarquismo, seguramente podríamos discutir, ¡eso es bueno!

También estaba pensando en hacerme un tatuaje nuevo, el último me lo hizo otro amigo que piensa el tatuaje en clave de arte ancestral, proveniente de todo el hemisferio sur de la tierra, de los pueblos originarios de África, América del Sur y Oceanía. Vuelca toda una carga filosófico espiritual sobre el tatuar, seguro que tenés cosas para intercambiar con él. Si lo decido hasta podemos activar esa idea que tengo en mente. El asunto es que ya llega el verano y me meto mucho al mar, a surfear, no es bueno para un tatuaje nuevo. No sé si conocés Mar del Plata, acá vivo con un par de amigos en una casa grande, siempre recibimos viajeros que nos mandan recomendados, tenemos una cama para invitados, así que seguramente te podemos recibir si no está ocupada. Yo soy omnívoro, pero los chicos son: uno vegetariano y otro vegano, así que no habrá drama con el tema comida, de hecho solemos comer juntos. Pensalo, acá estamos. Creo que podríamos ser grandes amigos, tomar unos mates cuando pega el sol de la mañana y reflexionar qué será de nuestras vidas.

No puedo dejar de pensar… No puedo dejar de sentir un dolor que me hunde, todos los días. Siento un nudo en el estómago, en el pecho, en la cabeza, no sé dónde. Me cuesta entender la crueldad en las personas. No entiendo que alguien disfrute del dolor ajeno. No entiendo el circo de la perversión y la obscenidad de la miseria humana. Por momentos desatan los peores sentimientos en mí, tengo que dejar de pensar para acallar esas sensaciones, no las puedo neutralizar. ¿Cómo se justifica la mierda que vemos? ¡Que impotencia, que frustración! Es necesario enseñar a rebelarse contra esta lógica porque no pueden hacer lo que hacen y salir ilesos, triunfantes, desafiantes. Es insoportable. La vida, ni más ni menos, la vida, la base del resto de todo, la vida es lo que destruyen. Yo entiendo que siempre debemos volver a levantarnos, es el imperativo categórico de quienes peleamos por otra existencia. El asunto es que a veces duele tanto, lleva tanto tiempo, que durante ese lapso pareciera que ya no vamos a poder. Tenemos que ser el fénix y quemar a los enemigos de la vida cuando renazcamos, quemarlos con el combustible de su propio odio.

Cuidate chabón, que viene jodida la mano. Eso sí, sin aflojar, a no regalarle el mundo a estos garcas destructores de la existencia. Con paciencia lo vamos a lograr, vamos a sembrar un mundo mejor para los que vienen. Me gusta pensar que cada pequeño esfuerzo que hagamos, por más que parezca invisible en primera instancia, puede cambiar el rumbo de las cosas.

Un abrazo cósmico, hasta que nos crucemos por ahí…

Fede

Spray

Una pala puntea la tierra, remueve, se hunde y lanza manojos de pastos hacia los costados. Una pala hace un pozo y un par de pies se hunden en el terreno constituido por capas de materia orgánica que no se enfrentaba a los rayos del sol desde un tiempo indeterminado. Los rayos de sol llegan filtrados por las nubes.

Camina con el sol en la espalda, siente el ambiente húmedo a través de las gotas que arrastra el aire. Bailan con el viento, de acá para allá, hasta estrellarse o fundirse con otro cuerpo. El reflejo del sol las convierte en pequeños arcoiris si son percibidas por un ojo humano en el ángulo apropiado. La tristeza se esparce de formas similares, como el spray de una cascada.

Hay una catarata de cosas. Las cosas son hechos, situaciones, interpretaciones, tareas, deducciones, especulaciones, preocupaciones, motivaciones, exigencias, objetivos, planificaciones, alteraciones, confusiones, párrafos, impuestos, contradicciones, ficciones, titanes, samuráis, hombres atómicos, búhos, multiplicidad, insectos, pociones, antropomorfismos misteriosos, degradación, gritos, alaridos y puños apretados. La catarata golpea sus hombros con fuerza, aprieta, la presión llega hasta las rodillas, parece que quiere reventarlas, golpea su cabeza y del rebote surge un oleaje.

Las olas del mar, siempre llegan, incansables, una, otra, y otra vez. Las olas se mueven cíclicamente, el eterno retorno de lo mismo. Con ellas retornan las cosas, las ve desde la escollera. Afina la vista y descubre caras entre las olas, caras que se hunden con el movimiento para dejar lugar a otras. La están mirando fijo, su pecho se estremece. Levanta la vista y se ve el horizonte, teñido con el color de las diferentes sensaciones que remueve el mar. ¿Cómo es posible que el mar contenga su pasado y lo proyecte como un collage de sentimientos? Los puede ver, oler, palpar, no se trata de una ilusión. Están ahí, rodeándola. Cada reflejo del sol, cada haz de luz devela una sensación o un anhelo pendiente, tienen una forma abstracta, desafiante. Los observa, los asimila y repiensa su presente. Inevitablemente, proyecta su futuro, frente a todo ese cuadro que la abraza sin abandonarla.

No se percata, de pronto sucede algo inesperado. Luego de un parpadeo, delante del concierto de tonalidades danzantes, aparece otra persona, frente a frente, mirada penetrante. La confusión se apropia de ella. Tiene delante suyo a quien ella misma ha sido antes. Hasta ese momento estaba segura que se trataba de la misma persona, pero ¿efectivamente son la misma persona? Ahora hay otro cuerpo. Quizás todo lo que creía que le había sucedido antes, en realidad le sucedió a otro. No obstante, aprendió cosas de eso que le sucedió a quien quiera que sea. Ya sabe a lo que se enfrenta y a lo que se enfrentará ese cuerpo. Rompe la inercia y le susurra al oído una serie de respuestas muy valiosas para situaciones frustrantes que vivirá. Otro parpadeo, ya no hay más nadie. Evidentemente no se pueden adelantar las jugadas: el aprendizaje duele, el entrenamiento duele como las fibras de los músculos que se rompen para reconstituirse aún más fuertes.

Un golpe, algo invisible se estrella y resuena en las articulaciones. Suena el teléfono y una amiga le pregunta si está triste, porque en un sueño le contó que había muerto un maestro. No hay nada que pueda hacerse al respecto, las enseñanzas y las miradas perduran si hay quien las replique.

Shot

Al mirar su cara reflejada en el espejo revisó los detalles: las facciones de siempre, la textura de la piel, los poros, las manchas, los lunares, los recovecos, los pelos, las marcas del tiempo. Pensó para sus adentros que de algún modo, hasta ése momento, lo venía logrando, no se había traicionado, no se había convertido en eso que no había querido convertirse. Pero inmediatamente vislumbró otro acertijo que había permanecido solapado desde siempre: ¿qué significa no traicionarse? Si la vida es mutación constante, ¿dónde se ubica el anclaje que determina el grado de auto traición? Cambiar algunos modos de hacer y pensar las cosas ¿podrían implicar el no traicionarse? Quizás sí, ya que no se trataría de permanecer inmóvil. No obstante, a pesar de la firme decisión de evitar la traición, se podría recaer en ella misma. El espejo devolvió una imagen paradójica.

Luego, la mirada observó la propia mirada, o su vestimenta: iris y pupilas, colores vivientes reaccionando al reflejo de la luz. En cada destello apareció un beso diferente, explotó un caleidoscopio de besos y las diferentes intensidades de cada uno de ellos. Todas las historias escondidas debajo de cada acontecimiento emergieron a la vez, exponiendo así la genealogía constituyente de la persona que acumulaba una batalla de yoes en disputa por la identidad unitaria. De eso se trataría, de la unidad en la multiplicidad, así con cada cuerpo viviente. Mientras tanto, flotaba la banda sonora de su vida, las músicas que nunca se detuvieron ni lo harían hasta el final. Cada secuencia de notas y acordes traían al presente diferentes momentos, etapas o aventuras, como sucede con los olores.

Toda esta información y mucha más, componía un cuerpo danzante sobre la tierra y a través del reloj, el cual se lanzaba a las calles cada día. Muchos datos, muchos números de teléfonos, de colectivos, de boletos, de documentos, de vuelos, de matrículas, de códigos, de códigos binarios… Por momentos pareciera que el siglo XXI no significara más que computadoras e información, el resto podría no suceder, lo que interesa son los datos. Los datos logran codificar cada ápice de lo que somos, incluso manejarían los niveles de contradicción esperable, de traición a nuestros propios valores y voluntades: “¿seré tan predecible que algún algoritmo es capaz de determinar quién seré mañana?”. Ya no sólo se trataba de la traición a sí mismo en su cabeza, ¿que tal si las traiciones o las actitudes loables estuvieran predeterminadas por una tendencia?

De pronto, se topó con una poda de árbol y se lanzó un diálogo interno:

– ¡No corten el árbol!

– Pero es necesario para que crezca sano.

– ¿Es, acaso, una metáfora?

– Siempre estamos buscando metáforas en la naturaleza. A veces funcionan, a veces son figuras que nos ayudan a entender las cosas, a veces devienen en genocidios.

En ese momento llegó el colectivo. Una vez en el asiento se acomodó y se dedicó a mirar por la ventana. La magia de no saber con qué detalle novedoso se toparía cada vez se presentaba nuevamente. Cerró los ojos un momento, buscó un poco de paz. Por la ventana se veía la orilla del mar, el colectivo avanzaba junto a las surfistas entre las olas de espuma blanca, sobre la arena gruesa, frente a las nubes grises de un amanecer misterioso, nostálgico y erotizante. El colectivo, esa colección de personas en movimiento que parecían entablar diálogos cruzados comentando una festividad que nunca se había extinguido, era salpicado por el agua salada, helada.

Al final, nada más. Dos o tres pasos, algunos pensamientos sueltos y listo. Un disparo que llegó desde atrás y atravesó la cabeza por la nuca. Las reflexiones, los sueños, las construcciones, las conceptualizaciones, los delirios, los valores: no existe más nada, se extinguieron junto con la vida. Lo múltiple se manifiesta en ese carácter de lo único y lo particular, la potencia vital que puede mover montañas abandona la condición del ser. Lo que no es, ¿nunca existió?

Guerreros

Bajan de la montaña, a través del río, hacia el mar. Llegan envueltos en una nube polvorienta, arremolinada, rodeados de los vestigios de la catástrofe incendiaria, con cenizas en sus zapatos. Todo se quemó, es un incendio que nunca se logra apagar, ni con la fuerza de los titanes. Pero eso no importa, siguen caminando hacia la próxima misión, porque siempre hay una misión por cumplir y senderos que atravesar. Sorteando desafíos, misterios y personajes, los guerreros del polvo avanzan hacia algún lugar o hacia ninguno, pero no se detienen. Son arrastrados por la convicción en la eterna disputa vital: siempre serán los buenos, no importa lo que suceda, no pueden quebrarse porque llevan el fuego adentro. El mismo que todo lo destruye se resignifica en los pechos y se convierte en un irrefrenable impulso existencial.

Han habido misiones de todo tipo, pero aquella misión que engloba a las demás es la de vivir sin claudicar, avanzar a través del terreno hostil sin olvidar la necesidad de evaluar constantemente los modos de encarar el camino. La palabra es fundamental en este universo que se desarrolla entre las grietas y se vuelca a la feroz arena de la cotidianidad de modo intermitente. La palabra se vuelve herramienta elemental porque es compartida y señala la lógica guerrera, la lógica comunitaria, abierta a recibir nuevos compañeros y a dejarlos partir hacia la exploración de otros territorios -”¿por qué no?”-. La palabra despliega la flexibilidad necesaria para la autocrítica y la revisión de los senderos elegidos hasta el momento así como de las batallas libradas. La palabra debe construir el sentido de lo que ha sucedido y de lo que ha de suceder.

De pronto, cuando menos lo esperan, aparecen los enemigos. A veces se camuflan, a veces se infiltran en las filas y en otras ocasiones sólo forman parte del camino. Cuando los enemigos son sólo molestias adyacentes, se las sortea lo mejor que se puede para no perder el ritmo, pero cuando se erigen en obstáculo se los combate con decisión. Increíblemente, en medio de la devastación hay seres que se ocupan de rociar lo poco que queda con combustible, sólo para verlo arder, quizás para que nadie más sobreviva o, tal vez, por morbo y perversión. A los enemigos les encanta observar el dolor ajeno directo a los ojos. Se relamen, o consideran que son amos y señores, entonces les resulta necesario subyugar todo lo que se ponga por delante, por detrás, por los flancos y hasta lo que no se ve. Algunos, los más poderosos, logran dominar grupos de ingenuos amoldados por sus subterfugios, los enemigos no dudan en sacrificar esas primeras filas. También son seguidos de aprendices que pretenden tomar sus lugares. Hay otros enemigos solitarios. No obstante, todos tienen en común el hecho de vivir en la sequedad de los territorios quemados, rodeados por lagos de petróleo, fango venenoso y anquilosadas edificaciones cancerosas. En comparación, los guerreros del polvo son una gota de agua en un océano, pero tienen la potencia del tsunami, listos para romper cualquier estructura con apariencia de eternidad.

“¿Quienes somos?, ¿hacia adónde vamos?, ¿quienes queremos ser?, ¿qué queremos hacer?, ¿por qué?, ¿cómo?”. Son preguntas que se repiten sistemáticamente, casi a modo de ritual pagano, maldito. Los guerreros del polvo se constituyen en la batalla, nunca hay respiro. Los parámetros se definen y se repiensan en cada misión, son supervivientes en medio del apocalipsis. Deben endurecerse y ablandarse, ser firmes y saber dudar, así como nutrirse de aquello con lo que se van topando: “a donde fueres, haz lo que vieres”.

¿Cuál será la misión del día siguiente? ¿Cuál será la misión en el porvenir? Lo fundamental será caminar en conjunto y saber escucharse.

Tornasol

Al quedar parado en un pasillo vi el umbral de una puerta interna que comunicaba con un cuarto. Justo en ese umbral, provenía una claridad diurna desde la habitación, a las espaldas de la figura humana que quería comunicarse conmigo. Efectivamente, no podía evitar ver más allá de esa silueta. De pronto me di cuenta que por detrás, entre el brazo y el torso de la persona al frente de la puerta, se asomaba una cabeza, iluminada, en el interior de la habitación, desde una cama. Me escabullí sin prestar atención a lo que me decían, me acerqué y tomé la cabeza en mis manos. En ese momento, al intentar descifrar el rostro quedé atónito. No se trataba de un rostro ordinario, ni siquiera podría decirse que se trataba de un rostro, sino que era un crisol de rostros, una especie de rostro tornasolado que contenía muchos rostros simultaneamente. Las caras se sucedían una tras otra, a veces algunos rasgos, a veces todos juntos mezclados con diferentes colores. Mi concepción de las cosas se distorsionaba, más allá de la imposibilidad de concebir una cosa como tal, no me sobresalté, sino que quedé levemente hipnotizado.

Sumergido en la desconfiguración, comencé a percibir el modo en que mi entorno comenzaba a mutar. Fue una especie de efecto dominó. Empezó en algún lado, no sé donde, y avanzó sobre las paredes, sobre el ambiente. Los colores se transformaban, como si los muros estuvieran escamados y comenzaran a brillar de modo diferente en la medida en que fueran alcanzados por rayos lumínicos en movimiento. Me di cuenta que afuera del cuarto, las siluetas, eran amigos a los cuales intenté contarles con exclamaciones lo que me estaba sucediendo, sin embargo, ellos no vieron el rostro de los mil rostros, ni los muros de los mil colores, ni el ambiente de otra dimensión. Por el contrario, ellos me vieron adormecido en la cama vacía, balbuceando sonidos aletargados, incomprensibles en el territorio de la vigilia.

Mientras tanto, asumiendo la imposibilidad de comunicación, lejos quedé del pánico. El mundo onírico puede ser acogedor, con sus rarezas, incluso cuando ni siquiera es seguro que se trate de un sueño, o de un sueño dentro de otro. El rostro y su entorno me estaban transmitiendo algo y era tan placentero como un shot de algún tranquilizante médico o un opiáceo. Mi cuerpo se sentía tan a gusto como si hubiera vuelto a la seguridad del útero materno. Las luces y los colores tenían la temperatura de esos soles del atardecer, los que arruyan y adormecen. Todo a mi alrededor parecía decirme que las cosas nunca se mantienen igual, que la rueda gira sin parar, que el tiempo corre hacia adelante, atrás, arriba o abajo, según las teorías de Einstein o de quien sea, que la existencia se compone del movimiento eterno, con lo cual nada permanecería para siempre y todo se transformaría inexorablemente.

Pacíficamente recordé algo básico, todo lo que hoy es, mañana mismo puede dejar de ser. La confianza construida puede derrumbarse, las amistades pueden desgastarse, los vínculos pueden romperse, la vida puede secarse, la tierra puede inundarse, la confianza puede traicionarse, lo inimaginable puede erigirse como real, la derrota puede convertirse en victoria, lo inconveniente puede resultar muy conveniente, los imperios pueden entrar en decadencia y desmoronarse. En fin, la mutabilidad de la existencia: nada permanece estático para siempre.

Nuestra formación nos engaña haciéndonos construir una imagen de una realidad congelada, casi como si quisiéramos comprender la dinámica de una ola a través de una foto. Nuestro propio rostro muta día a día, hasta el momento de morir -incluso después de morir- sin embargo nos empecinamos en negarlo, en no aceptar que el río está compuesto por diferentes moléculas de agua cada vez que nos arrimamos a su orilla. Quizás queremos ocultar la nostalgia, la melancolía desprendida del carácter efímero de aquello que nos constituye. El aceptarlo sería fundamental para una comprensión más ajustada de lo que gira en torno nuestro. Pero el olvido se filtra en cada intersticio de comprensión respecto a todo lo que concebimos.

Miré las paredes, los momentos de mi vida se proyectaron, sentí la certeza de que nunca supe nada. ¿Cómo podría saber algo? ¿Podría saber algo sobre el saber algo? No importó, sólo importó la pena, el dolor, el ser arrancado del útero, el ser arrastrado a la vigilia, donde los martillazos que parecían representar sólo una percusión tribal introspectiva se convertirían en los machaques cotidianos de la vida. No importó. No importó nunca, porque esos machaques son lo que hay, son eso que pretendo reconvertir en el metrónomo que me marque el ritmo.

Comunicación

Estamos acostumbrados a tomar en consideración, principalmente, los relatos provenientes de usinas monolíticas instaladas en el imaginario general y, aún sin quererlo, terminamos por minimizar otra clase de canales emisores, otras formas de intercambiar información. Otra vez. Nos confundimos cuando, sin siquiera pensarlo, creemos que una serie de datos es trascendente por surgir desde el seno de un medio generador de informaciones, enquistado en un entramado constructor de relatos para ser impuestos. Por supuesto, la masividad de estos canales, hace que la mera aparición de un dato, una historia, una noticia o lo que sea, se vuelva algo para considerar, pues su alcance es superior a todo el resto y, aunque no sea por calidad, pertinencia o veracidad, a través de la mera estadística y la repetición, logra reproducirse en las bocas de todas las personas. Mecanismo clásico.

Ahora, ¿qué pasa en lo micro?, ¿qué sucede con los relatos y la información del mano a mano? Esta serie de intercambios, además de que su llegada es ínfima en comparación con las emisiones masivas, suele ver reducida su capacidad de influencia. En estos casos sí se pone en tela de juicio la calidad de la información, la pertinencia o la precisión -algo necesario, pero que debiera funcionar no sólo para este tipo de canales “menores”-. Al parecer convivimos con una ilusión sin poder deshacernos de ella: la capacidad de alcance sería el equivalente al nivel de veracidad y de trascendencia.

Pasando a lo concreto. Hace poco, cuando le comenté a uno de mis amigos que le iba a pedir prestada una caladora a otro amigo en común, me dijo que había que ver si tenía la sierra correspondiente para el trabajo que yo quería realizar, porque hacía poco la había prestado y se la habían devuelto sin dicha sierra. Cuando fui a su casa, efectivamente, faltaba y había que conseguirla. De algún modo misterioso e intrincado, este episodio me hizo revisar lo mencionado anteriormente. La forma en que mis amigos establecieron un relato de un hecho mínimo, intercambiaron una información que para mí -que no suelo tener mucho interés en herramientas mecánicas- hubiera sido muy difícil conservar, y cómo le dieron una importancia de peso a ese dato, me dejó pensando. ¿Cómo pueden haber conversado de esto y cómo pueden acordarse?, esa pregunta me martillaba la cabeza y saltaban pedazos en forma de otros pensamientos imprecisos: “¿sabrían que esa información serviría en otro momento?”; “evidentemente, así sucedía con mi abuelo en su pueblo natal o en el antiguo barrio Libertad, cuando el contacto con los vecinos y conocidos era un mecanismo primordial para construir la información sobre lo que importaba”; “¿qué tan determinante puede ser prestarle atención y darle entidad a los datos surgidos de nuestras propias prácticas cotidianas?”; o “¡cómo nos engañan constantemente haciéndonos hablar de cosas intrascendentes!”.

Toda esta ensalada me llevó a pensar en el valor de lo múltiple en contra de lo singular, lo uno -lo monolítico, lo fijo e inamovible- y en el modo en que, a pesar de tratarse de algo que Nietzsche y tantos otros se cansaron de repetir, continúa siendo difícil que podamos pensar bajo otra clave. Los relatos, las interpretaciones o los valores fijados, ya establecidos, y los modos en que se nos presentan -medio de comunicación, disciplinas, instituciones o lo que fuere- no tienen un valor más alto en sí mismos, sólo valen más porque fueron impuestos, a través de voluntades poderosas. Mientras tanto, la riqueza de la multiplicidad, ese entramado complejo e invisibilizado que compone todo lo que es aplastado por el monolito del relato único, queda olvidada. Es decir, nos resultan más importantes los datos inútiles impuestos desde emisores lejanos a nuestra cotidianidad que la información construida a nuestro alrededor. Impresionante: sin quererlo, nos volvemos cómplices de aquello que genera nuestra propia desventaja.

¿Por qué lo múltiple y dinámico sería más auténtico que lo fijo? Pareciera increíble cómo la ilusión nos esconde lo evidente. Lo múltiple responde de modo mucho más ajustado a lo que conocemos del universo y de nuestras vidas. Pareciera un cliché mencionar que cada persona es un mundo particular o que cada grupo humano se nutre de sus individualidades para lograr una dinámica y un lenguaje particulares, de los cuales surgen diferentes relatos y varas para medir los hechos, entre otras cosas más. Sin embargo es necesario dimensionarlo ya que se suele caer en una de las tantas ilusiones compuestas por dos caras, las que en el fondo son la misma moneda. Por un lado, el creer que aquello surgido desde uno mismo o desde el propio grupo es la regla para el resto del mundo, sin siquiera reflexionar sobre el hecho de que esas reglas pueden no funcionar para todos los casos o que pueden mutar según la ocasión, reniega de lo múltiple y pretende imponer lo uno, lo estático. Por el otro lado, pretender que el relato único abarque las particularidades de todos los casos, los avatares y las mutaciones, significa licuar todo eso y prensarlo bajo el formato monolítico de lo que es y lo que debe ser. Por eso resulta fundamental darle valor a lo múltiple, que también va de la mano con lo dinámico. Se trata de comprender que hay diferentes perspectivas y herramientas a la hora de abordar el mundo y las problemáticas que se manifiestan como nuestras propias existencias, las cuales van cambiando constantemente. De todos modos, es necesaria una aclaración fundamental para no caer en errores peligrosos: aceptar lo múltiple y lo dinámico no significa aceptar un vale todo, ya que esto significaría desvirtuar la potencia de estos factores; que haya multiplicidad no significa la infinitud o la actitud acrítica. Es un equilibrio que debe construirse continuamente, justamente, un equilibrio dinámico, pues las interpretaciones del mundo deben ser puestas a prueba ante los hechos y ante el resto de las personas.

Entonces, así como lo múltiple parece ajustarse más a nuestro modo de vivir en el mundo, lo dinámico responde a los mismos parámetros. Todo es dinámico, nada permanece para siempre, todo se transforma, todos los imperios se derrumban, todos los soles se apagan, las placas tectónicas hunden territorios y dan lugar a otros nuevos. Todo mutará, dejará de ser, se destruirá, inclusive esas usinas de apariencia divina que nos vomitan el modo en el que son las cosas y cómo debemos comprenderlas sin siquiera decidir si queremos comprenderlas de esa manera. Inclusive esas imposiciones de relatos que consideramos intocables, en algún momento se desmoronarán como un castillo de arena ante la inminente llegada del mar, no importa el tiempo que pueda haber llevado el construirlo y mantenerlo, un simple plumazo vuelve todo a foja cero, incluso las cosas negativas y poderosas.

Así, creo que nada implica una única estructura posible, ni siquiera aquello de lo que no dudamos, como, por ejemplo, el modo de relacionarnos, el modo en que construimos nuestra cotidianidad, nuestros vínculos, el modo en que manejamos la información, los datos, el conocimiento de nuestro medio. Cuando aparecen dificultades, quizás el problema no seamos nosotros, sino la estructura en la que nos obligamos a caber por no concebir que podemos caber en algo a nuestra propia medida. El miedo que implica no reproducir lo esperable, lo desconocido, asumir la incertidumbre del porvenir, paraliza. Sin embargo, podemos establecer parámetros que sean coherentes entre sí y con nuestra propia realidad. Justamente, así como la conversación y el intercambio con las personas de nuestros diferentes entornos, los fanzines, los panfletos, los blogs, los medios alternativos, el arte plástico, la música, todo lo que se conoció en un momento como under, sus hechos y relatos, dan cuenta de la riqueza de lo múltiple, de lo dinámico, de la ruptura con lo estático, de la oposición al relato único, impuesto como algo ya masticado. Estas experiencias alimentan la construcción de un entramado comunicacional más complejo, con diferentes objetivos y valoraciones, donde el relato único queda subsumido, donde se valora la micro acción, donde se sabe que tal vez mañana esa misma información ya no tendrá la misma utilidad o la misma potencia. Quizás, la próxima oportunidad en que un amigo nos dé un dato, no lo dejemos ir así como así.

Tiempo III

El tiempo que pasó no volverá por más que se intenten recrear condiciones similares. Siempre será un nuevo tiempo, pues lo mutable no se detiene. La existencia es dinámica. El universo no es estático, mucho menos el desarrollo de lo vital en alguno de sus planetas. Aquello que parecía tan rígido, inamovible e implacable, en algún momento se resquebrajó y no volvió a ser lo mismo, desapareció o se transformó para continuar prosperando de otro modo.

Nuestro cuerpo se oxida, se desarrolla a la vez que se degrada. Nuestros músculos se fortalecen, imaginamos nuevos mundos, nuevas ideas, nuestros músculos se debilitan, repetimos las mismas cosas pero ya no funcionan, son necesarias nuevas herramientas, nuevas reflexiones, la agilidad varía en los diferentes momentos de la vida, los colores de las plantas nunca permanecen idénticos, algunos amigos pasan a ser enemigos, algunos enemigos dejan de serlo, mueren o recrudecen la enemistad, la ola que nos lleva ya no está compuesta por la misma agua de hace un rato. La mutabilidad resulta inexorable. Hasta la misteriosa esfinge caerá un día.

Esas nostalgias que traen imágenes de diferentes momentos que se sucedieron, son el retiro de una existencia que se extinguirá y dará paso a nuevas formas de vida. El asunto podría radicar en no dejarse arrastrar por todo lo que fue, sino tomar por las riendas el porvenir e intentar intervenir de modo que se pueda proyectar lo que queremos que sea. Si nos equivocamos, se extinguirá de todos modos. Si salen cosas buenas, quizás muten en formas inimaginadas y permanezcan incluso por más tiempo que nosotros mismos.

Retazos

De pronto, en medio de un juego astronómico, los movimientos de su humanidad se volvieron extraños, casi como si su propio cuerpo rechazara la voluntad que suele impulsar a la combinación del accionar muscular. Intentando mantener la serenidad, una serie de ínfimos espasmos trazaba la irregularidad y construía la intermitencia de sus extremidades a través del espacio circundante. Ciertamente, el tiempo tampoco era algo tan claro. La sensación interna a través de la cual los humanos solemos percibir la velocidad en que se desarrolla la vida, estaba alterada.

Sus pensamientos eran diversos. Por momentos aparecía la evaluación de las distintas partes del organismo. La exploración de las sensaciones, del dolor, de golpes difuminados a través de los días, del peso de mantener la mirada fija, la necesidad de continuar en movimiento pero súbitamente apagar la maquinaria para ingresar en un período de letargo. La extensión de dicho período dependería principalmente del destino de la aventura cerebral. En base a las conclusiones momentáneas sobre un punto u otro, el accionar se vería modificado y podría variar entre volver al movimiento, la interacción con terceros, el consumo de víveres o la contemplación de algún punto fijo mientras se produce el despliegue de las ideas.

Lo mismo sucedía con el ánimo…

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El simio observa directo a mis ojos pero desde adentro, bailando en mi cerebro, haciendo chasquear unos platillos y fumando cigarro tras cigarro. Yo no me doy cuenta con claridad, porque estoy ocupado llevando a cabo intentonas de comprender, aunque sea mínimamente, el fracaso de la raza humana como tal.

El egoísmo reinante triunfó como cicuta en nuestro organismo. Me pregunto una y otra vez si realmente nos importa. En medio del festival embriagante de miserias enmascaradas, siento que se derriten mis órganos. Siento el engaño, la inmundicia, la fragancia de la decadencia irreparable y ni siquiera me produce ira sino que me asfixia, me genera cansancio, me convence de lo inexorable.

A pesar de que no abandono la convicción respecto al valor de intentar construir una moralidad comunitaria, humanista y justa, voy asumiendo el carácter quijotesco de estas actitudes vitales. Parece una lucha contra el océano, tener que explicar al aplastado por qué está mal aplastar, es mantener el piso muy abajo. Llegado este punto, la sensación reinante es la de vivir en una especie de loquero caníbal, donde no hay más que hordas de seres despreciables dispuestos a roer las manos de sus propios congéneres…

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Suponemos que la forma en la que miramos el horizonte, un objeto fijo o nuestras propias manos, no es algo para prestarle atención. Ni siquiera es algo que aparezca en el registro de cosas que nos suceden. Pero sí. Nuestra mirada sostenida, hacia un algo que se convierte en la nada, suele entregar información misteriosa a los terceros que nos observan bajo esta actitud. Si logramos atender a la sensación devuelta por los nervios que sostienen todo el sistema de visualización -­los párpados, los ojos y los tejidos que los conforman- quizás podamos acercarnos a los datos que desperdigamos a nuestro alrededor.

Cuando la mirada queda clavada, solemos mantenernos taciturnos, lejanos, incluso nostálgicos, melancólicos. Durante este tiempo infinito, navegamos por nuestras elucubraciones, revisamos elementos, hipótesis, anhelos, deseos, decepciones o desafíos vitales. ¿Qué hay frente a nuestros ojos? Quizás un universo efímero, constituido por la mezcla única de sensaciones desprendidas del entorno, de aquello donde se posa nuestra mirada, del modo en que eso repercute en nuestro interior en ese momento específico, de las imágenes fantasmagóricas que se escapan de nuestros pensamientos y se posan enfrente nuestro teñidas por el trasfondo observado, de la impronta de los recuerdos que florecen en esos instantes y del impacto emotivo que puedan llegar a constituir aquellas ideas que se van desplegando. Todo, sólo con los ojos.

Nos erguimos, en ese lapso, como amos de la creación de nuestras propias cavilaciones, de nuestro propio collage interior en pleno intercambio con el medio, aunque no lo seamos.